jueves, febrero 09, 2012

La conferencia

ESTIMADO DIRECTOR: Con respecto a la decisión de implementar un número único para las emergencias en el continente europeo, cuestión que se decidirá en la próxima Conferencia de Toulouse, le quiero manifestar mi inconveniencia de tal medida, no porque esté en contra de lo expedito y eficiente, sino por una cuestión política, de soberanía; si quiere, de identidad. Al implementar este número único se homogeneizarían las emergencias —bomberos, ambulancia, policía— en todas partes, vale decir sería lo mismo un incendio en Londres que un levantamiento ciudadano en París, una violación en Berlín que un infarto en El Vaticano; pero además obligaría a los gobiernos a tener las misma prioridades, esto es el combate a la delincuencia debería ser el mismo en todos los países: si hay mano dura en un país, la debería haber en todos; y si existe una política de castigo severo a los incendios intencionales, debería extenderse al resto. Si las autoridades políticas de una nación son elegidas por el pueblo de esa nación, ¿por qué hacer caso a esta medida que yo llamo inducción obligada? ¿Qué poder tiene la Conferencia de Toulouse para obligar no sólo a los franceses, sino a todos los europeos a pensar de la misma manera? En verdad le confieso que esto me confunde y no sé cómo hemos llegado a esto. ¿Qué vendrá después? ¿Una unión europea? Toulouse, 1979.
No sabía por qué estaba haciendo eso, pero como nadie le preguntó, simplemente continuó haciéndolo: escarbaba y escarbaba con desesperación en una caja llena de papeles, o documentos como le había dicho la persona que se la había dejado aquella mañana. Cuando el correo humano se apareció por su departamento con aquel bulto envuelto en un vulgar papel color café cortado, no pudo separar sus ojos del bulto ni del papel ni menos de su contenido que sólo podía imaginar. Era como el regalo de Navidad que no había tenido a los diez, ni a los once, en fin desde que falleció su padre en aquella petroquímica de Toulouse, en donde murieron veinticinco personas más, en lo que fue catalogado por la prensa como accidente. Pero ahí estaba su regalo, veinte años más tarde, intacto, brillante. Dio a la persona una exigua propina y se entró para revisar el contenido. Algo la hizo tomar las cosas con calma: se sentó en la pequeña mesa donde había estado tomando café y quitó el papel con un cuchillo; sin embargo continuó tomando café, aunque esta vez lo acompañó con unas tostadas. Mientras comía imaginaba el contenido: una pelota de fútbol, la indumentaria completa del Barcelona FC, el equipo entero del Barcelona, incluido Messi y por supuesto Xavi, todo en esa caja. Cuando estaba por verificar el contenido, su teléfono móvil sonó. Era su mujer. ¿En qué momento había contraído matrimonio? No le dio vueltas al asunto y contestó con naturalidad: Sí, como oyes, me llegó un regalo. ¡De quién va a ser, amor! De mi viejo… Sí, ya sé que está muerto, pero eso decía la nota. Se disculpó y cortó para mirar el interior de la cosa que la perturbaba, pero antes debía ducharse. Una cosa tan importante había que observarla sin mácula alguna. Mientras se duchaba trató de recordar a su viejo cuando jugaban, cuando reían, en fin cuando hacían cosas de padre e hija. Después de secarse, se cubrió con una bata y fue hasta la sala en donde contempló la caja de pie, con los brazos cruzados, suspirando de vez en cuando. Es un obsequio desde el más allá, se dijo emocionada y enseguida recordó las peleas de él con su madre, aquel accidente que ambas vieron por televisión y finalmente la nada, o mejor dicho el aturdimiento, el pésame y las ceremonias en la petroquímica, en la iglesia, en el barrio, en todas partes. Volvió a sonar su teléfono. Era su mujer de nuevo, quien la llamaba para decirle que no se hiciera ilusiones. Ella le cortó en el acto y suspiró. Insensible. Intentó recordar más cosas, imágenes, cualquier cosa, pero su mente estaba vaciada y pensó que era momento de abrir y vaciar la caja de todos sus tesoros. Mejor en el suelo, así todo será más cómodo, pensó. De rodillas, como si estuviera rezando, abrió una de las pestañas de la caja y enseguida la otra. Pero algo le sucedió, un estremecimiento interior, vaya uno a saber, porque se había tapado la cara con las manos, como si no quisiera ver. Ay, qué nervios. Decidió dejar los nervios atrás e inspeccionó. Fue hurgando por la caja y lo único que halló fueron papeles ordenadamente dispuestos en carpetas. Algunas estaban fechadas, otras no. El teléfono repiqueteó, esta vez no respondió: no quería que su mujer se burlara de ella y le dijera… Cualquier cosa. Porque cuando se lo proponía su pareja podía ser mala y en ese momento lo que necesitaba era. Otra cosa. La mujer decidió vestirse. Así, si sólo son carpetas y no hay nada adentro, al menos estaré vestida y podré salir a emborracharme, se dijo. Una pantaleta, un sostén, unos jeans, una mirada al espejo: lista. Era linda. Su padre siempre se lo decía. Cuando seguía imaginando en cómo reaccionaría después de revisar todo lo que había en el interior, el gato del vecino se entró por la ventana de la cocina y, sin saber por qué, comenzó a husmear la caja. Se metió adentro incluso, y la mujer permanecía inmóvil, sin hacer nada, de hecho no movía ningún músculo. ¿Qué hago?, se preguntó, ¿mato al gato o saco al gato de la caja? ¿Qué es mejor?, remató. Y mientras pensaba, el gato se orinó adentro. Después de lanzar al gato por la ventana, la mujer se puso a secar el contenido de la caja con un periódico y fue lentamente abriendo las carpetas. En ellas había informes contables, su padre había sido contador; memorándums a compañeros de trabajo y superiores, nada grave; unas fotos de celebración del Amigo Secreto, en donde su padre aparecía abrazado con varias amigas en distintos años; un diploma como mejor defensor de la liga de fútbol interempresas petroquímicas; dos pasajes de avión Toulouse-Santiago de Chile. Esto la sorprendió. ¿Qué quería hacer su padre allá? ¿Morirse? La mujer continuó hurgando, hasta que se topó con una carpeta que, a diferencia de las otras, decía “CARTAS”, así con mayúsculas. Tuvo la intuición de que algo había ahí, un regalo, o tal vez un mensaje de su padre, o la confesión de alguna grave infidelidad. Para salir de dudas sacó una, aún envuelta en el sobre. Se sentó donde había tomado desayuno y comenzó.
Señor director: Han pasado los años desde mi última misiva y hoy le escribo para hablar de la Conferencia Internacional de Toulouse. Entiendo que los tiempos han cambiado y que la Unión Europea ya es un hecho, ¿pero será necesario seguir dictando pautas al resto desde esta ciudad tan pequeña? Ha llegado hasta mí un documento donde aparece mencionada esta conferencia, en verdad no sabía que se hubiera desarrollado, pero éste es un documento nada menos que de la Asamblea General de la ONU, destacando la importancia de la Conferencia Ministerial sobre el Espacio más conocida como Conferencia Internacional de Toulouse, a la que, según el mentado documento, “se le encomendó que decidiera en qué dirección debía desarrollarse la política espacial europea hasta el próximo siglo”. Mi sorpresa fue mayúscula al constatar que este tipo de cosas que no sólo afectan a los franceses o europeos, sino a todo la humanidad, se continúen discutiendo en esta ciudad. Puedo entender que nuestra ciudad posee un carácter acogedor para los extranjeros: durante la Guerra Civil recibimos a muchos españoles, y cada año hacemos lo mismo con universitarios que llegan desde todo el orbe para hacer estudios de posgrado, pero esto de definir el destino de grandes comunidades no lo alcanzo a comprender. Yo tomo decisiones en mi trabajo, en el seno de mi familia, pero en relación al espacio extra o ultraterrestre no se me ocurriría tomar ninguna clase de determinación, porque eso sería, de alguna manera, admitir la existencia de los extraterrestres, y yo no estoy demente, estimado director. Le ruego que me disculpe el tono de la misiva, pero ya estoy un poco harto de esto, Toulouse no es el centro del mundo, y tengo cosas más importantes de qué preocuparme, como de mi pequeña hija. ¿Sabe? Tiene seis años y es una hermosura. Toulouse, 1995.
La mujer estaba con todas las cartas abiertas, es decir sin sus sobres, al parecer ninguna había sido enviada, pese a las estampillas que lucían en su dorso; sin embargo no se había atrevido aún a leer ninguna. Estaba en el suelo con los sobres por un lado, con las cartas por el otro y ella al medio. Miraba indistintamente un sobre y enseguida una carta, aunque sólo la fecha; comparaba las estampillas, la letra o la calidad de la impresión. Todas las cartas estaban escritas a mano y todos los sobres tenían el destinatario y la dirección impresos, ya sea con máquina de escribir o con impresora. Le provocó curiosidad la discriminación entre adentro y afuera: adentro manuscrito, afuera impreso. ¿Por qué lo haría? ¿Para dar una buena apariencia al posible lector? Si así hubiera sido, pensó, al menos hubiera enviado una. No fue por eso, concluyó de pronto. Intentó imaginar qué tipo de cartas su padre escribía. ¿Acaso serían de amor, de negocios, de qué exactamente? No se atrevía aún a descubrirlo, una fuerza superior la obligaba a desentrañar primero las pistas que estaban en el envoltorio. Volvió entonces a observar la caja, el papel color café cortado, la nota que le dejaron. ¿No sería todo una broma? Aunque por otro lado, pensó, siempre quise saber más de mi padre y ésta es la única oportunidad que he tenido hasta el momento. Cuando iba a leer la primera carta, el gato que había lanzado por la ventana volvió a ingresar. Para evitar cualquier destrozo de su herencia, tomó la pistola que con su pareja guardaban celosamente en la cocina y le disparó al gato, sin dar en el blanco; no importó, porque el ruido sirvió para que el gato huyera de ahí. Entonces la mujer recordó una imagen de su niñez: ella y un gato junto a su padre; ella y un gato arañándole su mano cuando su padre, distraído, leía una revista con muchas fotos de mujeres lindas. Estoy perdiendo el tiempo, se dijo, debo actuar ya.
Señor director: Terminó la Copa del Mundo, la de fútbol, en verdad no soy un fanático de este deporte, pero el espectáculo que se desarrolló en todo el país fue fabuloso, a excepción de esta ciudad. Creo que se cometió una injusticia con Toulouse al programar cinco partidos con equipos de segundo orden: Camerún, Nigeria, Paraguay, Japón, Austria, Rumania, Yugoslavia e Inglaterra. Las excepciones fueron Holanda y Argentina. Lamentablemente no vino Diego Maradona. ¿Estará muy viejo para jugar? Unos amigos me contaron que estaba viviendo en una comuna hippie y que estaba experimentando con todo tipo de drogas, como los Beattles. Bueno, nos tuvimos que conformar. Sin embargo, mi pregunta es por qué Toulouse es bueno para organizar conferencias donde se deciden las cosas más importantes no sólo para Francia o Europa, sino para la humanidad, y no tiene la misma relevancia a la hora de organizar eventos deportivos o espectáculos como la Copa del Mundo. En verdad no lo comprendo, y no lo digo por mí que, como le dije, no me importa el fútbol. Mi hija ya está cerca de los diez años y es una fanática de este deporte y de Maradona. No sabe cuánto le hubiera gustado ir a ver algunos de los partidos de Brasil, de Italia, de Alemania o incluso de Francia. Si hubiera estado Maradona hubiéramos ido a verlo a la cancha, y ella hubiera gozado como niña. Bueno, espero alguna vez compensar esa decepción. Porque usted, estimado director, debe saber que los padres hacemos lo que sea por nuestros hijos. Toulouse, 1998.
La mujer leía el contenido de las cartas y enseguida lloraba y algunas veces reía, aunque más que risa era un espasmo de risa y llanto. No lograba contenerse. Aquellas cartas, o las palabras de su padre eran más fuertes. A medida que pasaba el tiempo sus lágrimas caían al piso formando un diminuto pero perceptible charco. Las cartas que iba leyendo las ponía al lado de los sobres, dobladas, y luego las metía cuidadosamente en ellos, como si nunca las hubiera tocado. Había tanto que no sabía de su padre: tantos hechos y sentimientos que estaba abrumada. Su madre nunca le contó nada de eso, ni una sola palabra. ¿Por qué habrá callado? Esta interrogante la llevó a tomar su teléfono y preguntarle; sin embargo no tuvo el valor de completar la llamada. Además quién era ella para juzgar a su madre, a una viuda. Continuó leyendo, pero una angustia la fue invadiendo lentamente. Una angustia que era también una profunda tristeza no por su padre, sino por ella. Pensaba: en quién me he convertido. Recordó la explosión de la petroquímica, la reacción de su madre como preguntándose y ahora quién podrá defendernos y su posterior enojo, porque a final de cuentas cuántas veces le había advertido ella que renunciara a ese peligroso trabajo. La recordó gritándole a la tele y luego llorando en los homenajes, como si alguna vez lo hubiera querido. Mi padre, concluyó, sólo me tenía a mí y enseguida sintió un ruido proveniente de la puerta. Y no pudo seguir leyendo.
Estimado director: Estoy consternado con lo que pasa en esta ciudad. Usted sabrá que soy un viejo ya y que a veces se me olvidan las cosas. De ahí la importancia de la noticia que le voy a comentar. Hoy compré todos los diarios de Toulouse y sólo en uno vi anunciado la tercera edición de la Conferencia Internacional de Alzheimer o, como indican sus siglas en inglés, Clinical Trials for Alzheimer’s Disease (CTAD). Allí el primer día la doctora Tamara Maes presentó los progresos de una droga que podría revolucionar el combate a dicha enfermedad. A mí me pareció muy interesante lo de la droga y la conferencia en general, y me pregunté por qué no fue cubierto por su prestigioso diario al que estoy suscrito hace más de treinta años. Si la respuesta fuera que los viejos no interesamos a los medios, sería ridículo, porque la población de personas, como usted y como yo, ha ido creciendo mucho en Europa. De hecho somos un continente geriátrico. Quiero agregar además que en el mismo simposio Araclon Biotech lanzó al mercado un kit que detecta tempranamente la enfermedad, con un efectividad del ¡ochenta por ciento! Como cualquier tratamiento contra el Alzheimer depende de un diagnóstico temprano, ¿acaso ésa no era una gran noticia? Bueno, no lo molesto más. Supongo que habrá razones para haber omitido la información: la política, el Presidente Sarkozy, algún espectáculo o tal vez un aviso publicitario, usted sabrá mejor que yo. Ah, pero lo último que le voy a pedir es que le haga llegar mis saludos a mi hija que, por lo que tengo entendido, trabaja con ustedes. Dígale que no sea malagradecida y que cuando pueda venga a verme al asilo. Es broma, sólo dígale que su padre la quiere mucho. Por otra parte, si pudiéramos tomarnos un café un día de estos, sería genial. Ansío conocerlo. Tengo muchas ideas para su diario, para la ciudad y para toda Francia, ya verá. Toulouse, 2010.
La mujer, aún envuelta en imágenes de la explosión de aquella petroquímica, actuó rápido: tomó el arma, la puso en su sien y disparó, con la esperanza de que así podría reunirse por fin con su padre. El ruido proveniente de la puerta cesó junto con el disparo, y una mujer bamboleándose sobre unos tacos gastados terminó de ingresar al departamento. Era la señora de la limpieza. Justo a tiempo.

1 comentarios:

Blanca Estela dijo...

Me gusta y estoy con una paja temporal tan grande que no te puedo comentar nada más.

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