miércoles, enero 04, 2012

(M)edítalo

César Eduardo Cabello Salazar, poeta con algunos premios a cuestas y editor de Piedra del Sol, posteó la otra vez en su Facebook algo que él creyó que era un delito: otro poeta-editor le estaba cobrando a un colega setecientos mil pesos por diseñar y diagramar un libro. Yo respondí, porque me pareció que era una buena oportunidad para discutir lo que entre muchos editores se elude, ya sea porque no hay respuesta o sencillamente porque el tema no interesa. A fin de cuentas pagar por un libro, en su diseño, diagramación o impresión, es algo que se lleva haciendo por mucho tiempo. ¿Qué tiene de especial ese cobro al que apelaba el poeta-editor Cabello Salazar? A primera vista nada. El dinero es lo que escandaliza, lo que irrita tanto por el que pone el precio como por el que lo paga. Pero aquí surge una primera diferencia. El escritor que paga una edición –sin ir más lejos yo mismo hice eso con mi primer libro en 1994– le está quitando valor literario a su obra. Puede que algunos argumentan que no quedaba otra, que las editoriales no están interesadas en publicar poesía o narrativa “filosa”, y puede que esa argumentación vaya en la línea correcta. ¿Pero qué obra amerita tanta premura por ver la luz? Como editor he visto poetas que han tenido tanta prisa que han terminado pagando una edición, no porque no hayan tenido la alternativa de no pagar, sino porque han considerado de que ya no pueden esperar más. Un narrador, en cambio, no aceptó las correcciones propuestas y optó por pagar para tener el control de su obra.
He dado dos ejemplos, pero voy a dar otro más. Un conocido poeta creó una editorial para publicarse solo, “alone”, como él diría, y lo hizo con su dinero. Pero aquí tal vez el asunto es distinto, porque esta obra era tan provocadora que por esos años se hacía difícil por no decir imposible que ese libro se publicara. Hoy creo que las condiciones han cambiado. El surgimiento de un sinfín de editoriales independientes, esto es interesadas en generar un catálogo propio, más allá de los vaivenes del mercado, ha abierto las puertas para que, literalmente, todo pueda publicarse. Hoy podría decirse que no hay excusa, porque además se ha creado un público ávido por libros que no están en el gran mercado de los Pablo Simonetti, Hernán Rivera Letelier, Roberto Ampuero, etcétera, etcétera. Pero no nos desviemos del conflicto inicial y preguntémonos qué pierde un editor de un sello independiente cuando decide cobrar por sacar un libro. ¿Pierde algo realmente o sólo gana dinero y la historia acaba ahí? Creo que en la disputa que planteaba el poeta Cabello Salazar el que más pierde, o el que más renuncia es el editor, porque al cobrar está haciendo algo que va contra los intereses y objetivos de cualquier editorial independiente, esto es generar un catálogo propio, o como la palabra lo dice, “independiente”. Es cierto el mercado de estas editoriales es pequeño y como consecuencia las ganancias, si las hay, son pequeñas, así como los lectores, pero es algo que está en construcción. Si hoy se renuncia a construir un catálogo que responda a los gustos de un editor, mañana no habrá futuro. Y si al final todos los sellos actuaran así, se asociaría el término independiente a su opuesto: dependiente (de cuánto dinero posee el autor para solventar una obra). Recuerdo que hace unos años unos escritores que empezaban con sus sellos decían que para convertirse en editores sólo hacía falta una impresora láser (que se compraba en oferta en los supermercados Líder) y mucha paciencia. La verdad es que para ser editor no hace falta ninguna impresora, aunque sí, mucha paciencia. Porque afirmar eso suena tan ridículo como que para tener una editorial independiente hay que comprar una imprenta off set, y sabemos cuánto cuesta eso. En Buenos Aires conozco una editorial que lleva más de diez años, con decenas de títulos. Carece de imprenta off set y de impresora láser; en vez de eso cuenta con una fotocopiadora. Así y todo se ha encargado de contar en su catálogo con escritores como César Aira, Daniel Link, Sergio Bizzio y muchos más. La editorial se llama Belleza y Felicidad, y sus editoras, Cecilia Pavón y Fernanda Laguna, han mantenido el espíritu en alto pese a todo. Sus libros además, al ser fotocopias, son muy baratos, por lo que las ganancias son pocas. Imponer un modelo de negocios (aunque suene ridículo, todo sello independiente posee uno) o los mismos objetivos para estas editoriales es un despropósito, porque la gracia está precisamente en lo contrario: la variedad de propuestas, de modelos de negocios, de objetivos. Conozco algunas que no van a librerías, otras como Blatt & Ríos que mezclan la edición en papel y la digital, otras que sólo publican poesía, otras que van por la poesía y el ensayo, y las menos que van por todo como Mansalva. La mayoría, sino todas, han creado su nicho, algo que por lo general las diferencia del resto. Pero hay una cosa que creo que no hay que hacer: renunciar al catálogo propio.

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