jueves, diciembre 22, 2011

Problema de columna

Escribir una columna en estas fechas es un asunto muy complicado, incluso si uno se dedica a hablar de arreglos de árboles de Navidad y cosas por el estilo. Aunque independiente de la fecha, siempre hay alguien que, como decimos en Chile, “se siente” por lo que uno escribe. El año pasado, sin ir más lejos, me quedé sin invitación para la cena de Navidad en la casa de mi hermano, cuando su mujer leyó una columna en esta misma revista. Ahí me quejaba de mis navidades de infancia, que compartí con mi hermano, pero también de las de adulto, en las que incluía una cena anterior en su casa. Pero bueno, acepté la determinación y la mentira que esgrimió mi hermano: “La abuela de la XXX se enfermó y pasaremos allá la Nochebuena”. Así es que esta vez no escribiré de mi hermano ni de ningún familiar, que parecen estar muy atentos a lo que escribo o “ventilo”, como ellos dicen. Por eso escribiré de Camila Vallejo y de su derrota en las elecciones de la FECh. Pienso que es un tema actual que refleja algo sintomático en los políticos chilenos, de veinte, de treinta, de cincuenta, de cualquier edad: asumir la derrota como un triunfo o la derrota como un complot de terceros. Me detengo a pensar sobre el tema un segundo y me doy cuenta de que como en la red ya di esta discusión, y no con buenos resultados, ya que mis contertulios insistían en que había habido un complot de los “ultras” -de la ultraderecha y de la ultraizquierda-, habría que darle una vuelta al asunto. Pero sigo aquí, porque de verdad no sé en qué minuto el anarquismo pasó a ser ultraizquierda, ni en qué momento ese calificativo pasó a ser usado por la misma gente de izquierda. Uno estaba acostumbrado a que los milicos adjetivaran de esa manera: ultraviolentistas y cosas por el estilo. Por lo demás la RAE entrega una definición muy inquietante sobre este término: “Dicho de un grupo político, de una ideología, o de una persona: de extrema derecha”. Es curioso que gente de izquierda use entonces el término “ultra” para referirse a otros grupos de izquierda, porque lo que hace es descalificarlos. Y como este tema da para largo, lo mejor será cambiar el switch. Lo tengo decidido, ahora sé por fin de qué escribir sin que eso traiga consecuencias. Sí, ya sé que todo trae consecuencias, pero de este tema son menos, o al menos están controladas. Escribiré sobre un encuentro de escritoras argentinas y chilenas que organicé con Claudia Apablaza aquí, en Buenos Aires, hace tres semanas. Fue lindo. ¡En serio! Aunque la palabra “lindo” está muy manoseada y algunos interpreten que estoy ironizando y que en verdad no fue nada de lindo. Pero fue lindo, de verdad, ver a las chilenas interactuando con sus colegas y con otros editores y escritores argentinos. También fue lindo ver a algunas cargando sus bolsas de papel de tiendas de ropa y pasearlas por la Librería La Libre y La Casa de la Lectura. Si fuera mujer y me hubieran invitado a un encuentro como éste, hubiera hecho lo mismo, siempre y cuando el presupuesto me lo permitiera. Pero ya ven, también este tema se está volviendo peliagudo. Porque se imaginan qué pensarán las diez escritoras chilenas que estuvieron cuatro días conviviendo conmigo luego de que lean estas líneas. Suficiente con las fotos que les tomé y que subí a Facebook. Fotos que después me enteré a nadie les gustaba, porque, según ellas, salían mal. Mirándolas con detención, me di cuenta de que tenían razón. Al parecer escribir sobre algo que no tenga consecuencias para la gente a la que se alude es imposible, o tal vez el problema radique en el modo en que enfoco o abordo esos temas. Quizá otros columnistas podrán hacer una finta y quedar bien con todos, en especial con los poderosos. Me vienen a la mente las columnas del suplemento Reportajes de La Tercera de Héctor Soto y de Ascanio Cavallo. Dos ex comentaristas de cine que hoy se dedican a comentar la realidad. Tal vez de ahí venga tanto rollo, tanta ficción, tanta inocuidad; porque cuando se comenta cine no se daña a nadie, por más loco que uno esté: a lo más enfadará a los distribuidores, eso si son películas extranjeras, pero si son chilenas, saltarán actores, directores, productores, vestuaristas, guionistas, amantes, esposas, amigos, ex amigos, el perro, la guagua y todo lo imaginable. Por eso tiene menos riesgo comentar sobre la realidad chilena y agradar a los poderosos que comentar cine chileno. Tal vez por eso estos dos columnistas optaron por lo primero. Sin embargo, ahora yo los estoy criticando. Pero bueno, ¿quién mierda soy yo para ellos? Nadie. Entonces se convierte en un buen tema hablar de los columnistas que abandonaron el cine para comentar la realidad. Tal como hace hoy Beatriz Sarlo en La Nación de Argentina. Habla de escritores jóvenes para hablar de lo mal que está el gobierno de Cristina. Lástima que me haya dado cuenta al final del tema, porque esto ya se está alargando y no veo ninguna columna, ningún hilo conductor. En vista de las circunstancias lo mejor será abortar la misión, y desearles felices fiestas.

1 comentarios:

Pienso , luego escribo , luego creo. dijo...

¿Por que la izquierda se transmuta en algo mas izquierdo?
Es tan curioso ese acto como natural ante las diferencias entre China y Rusia , es todo tan absurdo.Al final la idea se pudre en desacuerdos de personajes que se supone , ya han aprendido de nuestros últimos 30 años de vida social y política.eso si es un problema de columna.
Que un aborto sirva para mirar la idea en descomposición , que un escritor escriba con sangre y que un poeta recite con la boca congelada.

Salud.

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