Ha publicado los libros de crónicas "Pornografiapura" (2004), "Punga" (2006) y "La puta que me parió" (2009); las novelas "Pendejo" (2007) y "Vida y muerte del doctor Martín Gambarotta" (2011), y los libros de cuentos "La ley del hielo" (1994), "Orden y paria" (2001) y "Un imbécil leyendo a Nietzsche" (2009). Durante casi siete años escribió una crónica en el diario La Nación Domingo. Hoy es columnista de la revista Punto Final y desde el 2007 es uno de los editores de La Calabaza del Diablo.
viernes, noviembre 04, 2011
La paja, la mina, el ingeniero y el taxista
Chupáme la verga, fue lo que escuché una tarde, como a la hora de almuerzo, y creo que ahí terminó todo. Antes había escuchado discusiones pero jamás garabatos o insultos. Él trabajaba en el puerto, ella paseando perros o de dependiente en una tienda; en realidad ella perdía los trabajos fácilmente, en cambio él llevaba un tiempo en ese trabajo ubicado en Avenida Ingeniero Huergo, camino hacia La Boca, y se levantaba todos los días muy temprano o muy tarde, dependiendo de los turnos. ¡Yo no te pedí que trabajaras!, le contestó ella un día, y él se quedó callado.
Alguien me había advertido que los porteños del Barrio Sur, vale decir de Boedo, San Cristóbal, Constitución, Barracas, etcétera, etcétera, eran más gritones, escandalosos, pero yo no había creído hasta aquel día, en que los gritos eran lo único que se escuchaba en el edificio. Ella lloraba y golpeaba las paredes: ¡Te podés ir a la concha de tu madre, ¿sabés?! ¡Andate! ¡Andate! Él intentó calmarla, consolarla, no sé si en ese orden, pero ella lo alejó con un golpe que hizo sonar la pared contigua. De pronto un portazo.
Al otro lado de la pared estaba yo, tendido en la cama, intentando leer el diálogo que sostenían Jerónimo y Pieter, o el ingeniero y el taxista, en la primera parte de una novela de Leónidas Lamborghini. Gracias al silencio que se produjo en el edificio pude por fin retomar la lectura: “Por un lado tenemos eya y por el otro culación. Y esto lo dice todo sin tener que agregar una palabra más. Ingeniero, yo que soy taxista jamás le he podido hacer el taxi a Víbora. Ella tiene un taxi adorable, redondo y paradito. Pero nunca he podido hacerle la culación”. Dejando un libro a un lado me pregunté por qué nunca había escuchado a la parejita teniendo sexo furioso. Pero como me dio hambre, dejé también eso y me puse a cocinar.
Aquella noche, que en verdad no era una noche, cuando regresó ella, yo seguía leyendo ese libro y recordando la última vez que había ejercido la culación a una mujer. Saqué la cuenta: ¡cinco años! La escuché gritar otra vez, y me imaginé a la enculada adentro de una tina, de espaldas a mí, gritando: No quiero más (a los cinco minutos), no más (a los seis minutos), no (a los siete), más (a los ocho). Más.
Más sabe el diablo por viejo que por caliente. Esa mañana el vecino se puso a cantar un tema de Los Enanitos Verdes y ella por primera vez en mucho tiempo rió, y sus risas se precipitaron como un río por las escaleras del edificio. Era una inundación de alegría. Y yo, que recién regresaba del baño con el libro en la mano, me contagié con sus risas y pensé en el Dios Riente y en esas categorías parecidas pero distintas: parodia, caricatura, grotesco. Aunque esta alegría no era ni parodia ni caricatura, sino algo real. De ahí su poder de contagio.
Pero como dijo un cronista, la alegría tiene la brevedad de la cocaína, y de pronto las risas que hasta hace un momento habían sido un río se convirtieron en cascadas que caían por los ojos de una mujer. El paisaje era horrible. Así es que él pensó en todas las posibilidades: contenerla, abofetearla, bailar chachachá, largarse, volver a cantar pero algo distinto, como algún temita de Sandro, incluso pensó en matarse. Cuando ella pronunció las palabras mágicas: Ya no sos el mismo. Él se asomó a la terraza, vio los cuatro pisos que lo separaban del estacionamiento e imaginó qué tan dolorosa podía ser una caída desde ahí. ¡Me tenés podrido!, exclamó. Pero la frase no fue hacia ella, sino hacia la mañana-tarde que repentinamente se había convertido en noche. Y no era una sensación de él nomás, ya que Buenos Aires se había oscurecido por completo. Una granizada se acercaba, y el aire caliente y las nubes casi negras así lo anunciaban. Pero decime: ¿me querés?, insistió ella, y él respondió: Se pudrió todo.
No sé si fue porque era la primera granizada de la temporada o qué, pero lo cierto es que cuando él tocó la puerta y lo vi llegar con un inmenso bolso, lo recibí con naturalidad: Te demoraste. Y él, también con naturalidad, luego de entrar y de tirar su equipaje sobre uno de mis pufs, contestó moviendo la cabeza: No quedaba otra, che. Saqué un par de cervezas y conversamos algo, pero unos golpes en la puerta nos hicieron quedarnos como momias. ¡Abran, sé que están ahí, par de putos! Como los golpes subieron de intensidad, tuve que sacar una cuerda que tenía en el armario y descendimos silenciosamente hasta el estacionamiento. Los gritos se escuchaban con la misma intensidad ahí, por lo que imaginé que ella había aumentado el volumen de su voz. ¿Qué le pasa?, pregunté. Y él: ¿Acaso no te has dado cuenta? ¡Está loca! Entiendo eso de que todas las minas están locas, pero ¿qué le hiciste a ésta? ¿Yo? Nada, admitió encogiéndose de hombros.
En ese minuto recordé que mi taxi estaba en ese estacionamiento, también recordé que mi vecino era ingeniero. Subimos al auto y permanecimos ahí un momento, con la radio encendida a un volumen bajo, inaudible. El ingeniero pulía su lenguaje, y yo después del silencio que creamos le confesé: Soy un fanático de hacerles el taxi a las damas; un poco menos a los caballeros. La cosa es que cuando me hago un taxi me agarra una sensación de poder que me llena de orgullo. Y satisfacción. Le conté enseguida el último taxi que había hecho. Fue hace cinco años, ingeniero. ¿No le parece mucho tiempo cinco años? Él me contestó: Yo nunca pude hacerle un taxi a Víbora. Discúlpeme ingeniero, pero Víbora era mi ex mujer. No, señor taxista, se equivoca: Víbora es mi actual mujer, bueno la que dejamos arriba.
Por un segundo no supe qué hacer. O quizá sí: porque puse los brazos sobre el manubrio y miré hacia adelante.
Por fortuna los segundos no son largos, y reaccioné mirándome al espejo retrovisor. El ingeniero –ahí me di cuenta– era yo, pero yo también era el taxista. Compartíamos a la misma mujer, o ex. Él era yo en otro tiempo, tal vez más actual, y yo era yo en mis comienzos, cuando antes de trabajar en el puerto de ingeniero, juntaba dinero para pagarme la universidad con el taxi. Ambos nos habíamos juntado en un mismo tiempo: el tiempo del libro que yo o él estábamos (habíamos) leyendo (leído).
Decidí finalmente bajar del taxi, o cerrar los ojos. Creo que cerré los ojos y al abrirlos me vi de frente a Víbora. Y una fuerza incontenible me llevó a decirle: Chupáme la verga. Luego de eso ella tomó mi libro, acercó su encendedor y lo lanzó por la terraza. Traté de salvar el ejemplar que había leído hace tanto tiempo, pero en el intento me tropecé y caí por la terraza. Fui a dar justo donde antes estacionaba mi taxi, sólo que ese día a esa hora no había nada ahí, sólo pavimento. Y segundos después, granizo, escarcha, hielo. Un cementerio. Y una víbora mirando desde las alturas.
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