La semana pasada, un ex compañero de colegio y actual profesor de economía de la Universidad de Chile me dijo -a propósito de mi libro “Punga” (Ediciones La Calabaza del Diablo)- que por qué no se lo vendía por mano. Le dije que me quedaban dos ejemplares, pero que prefería que lo comprara en librerías. A lo que él replicó:
-¡Y de qué te las estai dando!
Intenté argumentar algo más, pero preferí cambiar de tema, ya que, si un estudioso de la microeconomía me pedía eso, todo estaba mal. Parece ser que todavía hay quienes que ven al escritor como un vendedor ambulante y, en algunos casos, como aquellos seudopoetas que venden sus poemas en la calle o en los bares, puede que sea así. Sin embargo, ellos son la economía informal del libro. El resto de los escritores, sea cual sea la editorial, se encuentra adscrita a una economía formal que funciona en las librerías y no en las calles.
Pero la visión de mi ex compañero de colegio es vieja. Para muchos, todo lo relacionado con cultura debiera ser gratis y al alcance de la mano. Las fiestas de la cultura de la era Lagos son el mejor ejemplo. Pero en esas fiestas a nadie le importaba la cultura, a no ser que cultura sea “machetear” y tomar vino en caja todo un domingo, escuchando alguna batucada.
En este punto más de alguien dirá que hay que hacer la diferencia entre alta y baja cultura, que los eventos masivos corresponden a esta última categoría y que, ¡León, por favor! a los cabros de la esquina hay que salvarlos de alguna manera. Gracias a esto, me viene a la mente la película “Caluga o menta”, de Justiniano, y aquella famosa escena, en donde uno de los protagonistas espeta: “Y ahora se vienen a preocupar de los locos, cuando estamos todos locos”.
Creo que la cultura no puede ser utilizada como herramienta del Consejo para el Control de Estupefacientes (CONACE). Los escritores, los actores, los artistas visuales no escriben ni actúan ni pintan para los cabros de la esquina. La experiencia comprueba lo contrario: toda la escena beatnik y surrealista, por ejemplo, pontificaron a favor de la droga.
Esta visión asistencial de la cultura conlleva otro concepto aun más peligroso: “La cultura debe servir para algo; de lo contrario, no sirve”. Ante esto, me gustaría decirles a nuestras autoridades que la cultura no es un bien. La cultura es inútil e inservible.
Chile, dice mi “angelito bueno”, debe estar contento por contar con un Ministerio de Cultura. Sin embargo, detrás de esta iniciativa está la idea de tener una “cultura institucional”, o de Gobierno. El affaire entre la ministra de Cultura, la ex directora del Centro Cultural La Moneda y Nicanor Parra da cuenta de lo que puede ocurrir, cuando opera esta cultura institucional. El intento de censura de la ministra, denunciado en Artes y Letras, suena a la mejor URSS de los peores tiempos de Stalin o a aquellos artistas estadounidenses intimidados por el Comité de Actividades Anti Americanas.
Gracias al Estado, muchos artistas, lo sé, han parado la olla. Gracias al Estado, muchos artistas han dejado de trabajar en lo suyo y se han dedicado a llenar formularios. Gracias al Estado, muchos artistas miran al gobierno de turno con complacencia, como si ser escritor implicara votar por la Concertación. Como si trabajar en este diario implicara apoyar sí o sí a la Michelle. Pero la cultura es más que esto.
Ha publicado los libros de crónicas "Pornografiapura" (2004), "Punga" (2006) y "La puta que me parió" (2009); las novelas "Pendejo" (2007) y "Vida y muerte del doctor Martín Gambarotta" (2011), y los de cuentos "Orden y paria" (2001) y "Un imbécil leyendo a Nietzsche" (2009). Durante años escribió una crónica en el diario La Nación Domingo. Desde 2007 es uno de los editores de La Calabaza del Diablo.
jueves, agosto 24, 2006
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5 comentarios:
Las fiestas de la cultura de la era Lagos son el mejor ejemplo. Pero en esas fiestas a nadie le importaba la cultura, a no ser que cultura sea “machetear” y tomar vino en caja todo un domingo, escuchando alguna batucada.
A mí me dejaban la misma impresión las famosas fiestas de la cultura. Hay conceptos que se han manoseado tanto que terminan siendo engranajes de un sistema: los libros, la pintura, los bailes, todo se ha instrumentalizado.
Como diría Roitman de la reflexión crítica, la cultura, las tradiciones, hasta los componentes identitarios pasan a ser pisos políticos, y no se permite la existencia (menos el desarrollo) libre, orientada al mero gozo. Y en el caso de tu libro, yo lo vería así: debe venderse porque el escritor no es ajeno al funcionamiento del mundo ni es cultura per se, es una persona que come y paga alcantarillado, que costea cuanto se necesite para su publicación, y que todo lo que signifique sustentar una opción política (por ejemplo, de cultura gratis para todos) sólo se logra en tanto su misma existencia no se vea en peligro por no acomodarse a los márgenes impuestos: cultura instrumental, cultura institucional.
Saludos.
Hola León. Yo creo entender cuando dices que la cultura es inútil, pero a mi me sirve para algo. No sé para qué, pero me sirve, me es útil. Tal vez no es "utilitaria", aunque a veces pongo una canción para bailar: es utilitaria (si me contradigo, me contradigo). Tal vez habría que decirlo de otra manera, que se relaciona con el titulo de uno de tus libros: la cultura, igual que el deseo, no tiene objeto...
chao
jp
no hay objeto claro de la cultura en un sistema que necesita medirlo todo a través de la funcionalidad. Y es ahí donde queda preguntarse por qué el arte debe ser remunerado o valorado en tanto sirve como instrumento de inoculación de cualquier mensaje. Pero no de cualquier mensaje. En realidad el problema no es que la cultura esté politizada o no, sino desde dónde.
Cito la pregunta que se hacía el historiador Horacio Tarcus, que de algún modo se relaciona con todo esto “¿por qué es más sospechosa la politización de los piqueteros que, por ejemplo, que la de los empresarios o la de los periodistas? Sin duda, porque se politizan por izquierda”.
yo león te encuentro toda la razón. absoluta y rotundamente toda la razón. acaso porque llevo años trabajando para el ahora ministerio de cultura. y la ezquizofrenia me está dejando pelado.
la mujer trotskista tiene razón (opino). No es si es útil o no (esa es una pelea más vieja, y la dan también la física y las matemáticas), sino para quién son útiles. Yo sí creo en el pragmatismo del arte, pero no creo que sirvan ni para concientizar a las masas (como se pensaba en los sesenta) ni para sacar a los cabros de la pasta base (como en los noventa).
"Gracias al Estado, muchos artistas han dejado de trabajar en lo suyo y se han dedicado a llenar formularios." Creo que resumiste en una línea todo un capítulo del transar sin parar que fueron los noventa.
saludos, te leo usualmente,
Gabriel M.
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