
Vivo en el centro de Santiago hace diez años y por estas fechas evito caminar por Ahumada, Huérfanos, Puente, Estado, en fin todas las peatonales. Me gustaría decir que es porque me enfada que la gente, cargada de paquetes, choque conmigo y, sin perturbarse, siga su camino. Pero no es por eso, sino por las conversaciones, algunas impresiones y otros recuerdos que me incomodan cuando el sol, tenaz en esta época, pega en la cara. Hace unos días, enfilaba por calle San Pablo y un par de mujeres adultas salía de una tienda muy molesta. Una de ellas dijo: “Estas huevonas no saben atender”. Y la otra como tranquilizándola advirtió: “Lo que pasa es que muchas de estas personas no valoran su trabajo y por eso atienden mal”.
La gente que deambula por el centro en estas fechas quiere comprar, eso ya lo sabemos. No es que efectivamente vaya a entrar a una tienda y listo, compre; no, la gente mira, cotiza, saca la mercadería de una parte y la deja en otra, mancha con helado ropa en exhibición que luego descontarán a los dependientes, enseñan la tarjeta RedCompra cuando en el local dice claramente “Sólo efectivo”, sin contar con los típicos pataleos de niños cansados de entrar y salir de cuanta tienda hay en el centro. Y todo esto no sucede unos días antes de Navidad, sino que desde noviembre los santiaguinos se lanzan a las calles para obtener el mejor precio. ¿De qué? A veces de nada, pero ahí tienen el mejor precio y, si un vecino les pregunta dónde encontrar el mejor mote con huesillos a un óptimo precio, éste dirá que en Huérfanos con Estado, “o bueno, al menos ése no te da diarrea”.
A medida que se acerca la fecha la situación empeora: padres desesperados cargan una bicicleta como para Gulliver y se suben a un bus del Transantiago; madres imbéciles intentan hallar el día 24 de diciembre el mejor pan de pascua de la ciudad, “porque la cosa además es que esté fresquito”; candidatos presidenciales ofrecen sus mejores deseos por las radios o por teléfono. En fin, todo se convierte en una vorágine o en el escenario natural de una película de terror. La otra vez conversando con unos conocidos en casa de un amigazo, uno de ellos contó que George A. Romero, al ver cómo la gente de un pueblo golpeaba desesperadamente las puertas de un mall con sus puertas cerradas, se le ocurrió la idea de que el perfecto escenario para una película de terror era precisamente un mall. En otras palabras, el comprador es un zombie en potencia. Si observamos a la gente que merodea en estas fechas por Santiago y tal vez por otras ciudades, nos daremos cuenta de que están muertos y de que cualquiera de ellos podría devorarnos de un vistazo. Así es que mejor seguir de largo o, como yo, no exponerse a esa “película”.
Podríamos decir entonces que existe una directa relación entre consumismo y la posibilidad de convertirnos en zombie. Mientras más consumista, más zombie, ésa es la ecuación. Quizá por eso, de la época infantil, o de la infancia de los que pisamos los cuarenta años, no existen recuerdos de aglomeraciones en las calles. Algunos dirán que cuando uno era niño, la Navidad era la mejor fecha, y puede ser cierto, pero a lo que me refiero es que nunca vi esa “transfiguración”, nunca vi a ese zombie ni en mi madre, ni menos en mi abuelo. Incluso, cuando mi padre iba en la noche a dejar nuestros regalos a la casa de mi abuelo, se veía tranquilo, en paz. Debe ser porque en ese tiempo –finales de los 70– Chile aún no se convertía en un país zombie, con muertos vivos caminando por sus calles, buscando un cerebrito o una tarjetita que digerir.
En cualquier caso, en todo esto hay algo que me inquieta: en el preciso momento en que Chile se convertía en un país zombie, la mayoría de las muertes asociadas a la dictadura ya habían ocurrido. Tal vez eso mismo facilitó que el consumidor mutara en zombie, en mutante. Aunque si pudiésemos interrogar a un personaje de “Valparaíso”, de Joaquín Edwards Bello, éste diría: “Ahora la gente no come para tener coche. He visto a la hija de un padre hipotecado hasta la médula con un vestido de diez mil pesos. En París a esa edad van con chapes y con vestiditos de quince francos”. El “ahora” al que se refiere el personaje de Edwards Bello es finales del SXIX. Y para agregar que Chile cambia lenta pero definitivamente, Roberto Merino cuenta en una crónica que a comienzos de los 60, “el pintor Mario Cisternas era uno de los pocos que se atrevía a andar por la calle con el pelo largo”.
Bueno, pero volvamos a la Navidad y digamos que el consuelo que nos queda es que faltan once meses para que todo vuelva a repetirse y veamos a ese Chile Zombie que tanto me asusta e inquieta. O tal vez no sea necesario esperar tanto, ya que si Piñera es electo Presidente en enero próximo, este país no sólo será zombie, sino también un mall, vale decir la escenografía perfecta para una película de terror, lo que desde ya me para los pelos. Y además sin cabritas.




