martes, julio 07, 2009

Mentir cuesta


Hace un tiempo establecí que el término ficción para mí era una mentira construida, pequeña o grande como ustedes prefieran. Desde ese punto de vista, los libros de no-ficción no existirían, porque es muy difícil no mentir cuando uno escribe. Inevitablemente se interpreta la realidad o se la elabora en otro tiempo y en otro espacio, por lo que cualquier texto escrito, incluso los históricos y de autoyuda debieran ser considerados como de ficción. Sin ir más lejos, la definición que examino en el Diccionario de la Real Academia Española señala: “Invención, cosa fingida”. Escribir no es un acto natural, el lenguaje no es algo inherente al ser humano, sino una construcción, una invención cultural, dicho de otro modo un malentendido.
Sabiendo esto, uno está libre para analizar muchas cosas, o muchos textos, que a primera vista aparecen como de no-ficción, pero que ya sabemos no son más que invenciones, malentendidos o derechamente mentiras. Creo que para ilustrar el asunto expondré un ejemplo. Hace más de un año, en el desaparecido suplemento Cultura del diario La Tercera se hizo un homenaje al escritor y pintor Adolfo Couve. El texto, escrito por una periodista que conozco desde los tiempos de la universidad, estaba muy bien; sin embargo, al lado de ese texto había una columna de Gonzalo Contreras, el escritor de “La ciudad anterior” y “El nadador”. En ella Contreras hablaba del talento de Couve, a propósito del libro póstumo “Cuando pienso en mi falta de cabeza”, y terminaba siendo un panegírico increíble. Aquí quiero aclarar que no me refiero al significado de increíble como asombroso, sino de no creíble, o más bien falso. Un escritor cuando escribe sabe que está mintiendo, eso ya lo dijimos, pero muy distinto es cuando un escritor mentiroso escribe y esa era la situación de Contreras.
Como algunos ya saben, en 1996 un socio y yo creamos una pequeña productora de eventos culturales en Viña del Mar. La segunda iniciativa en la que nos embarcamos fue la organización y producción de un seminario de literatura y cine llamado Adaptación Hacia el 2000. Nunca supe muy bien por qué le pusimos ese nombre, pero la verdad fue que produjo su efecto, ya que comprometieron su asistencia los cineastas Miguel Littín, Pepe Maldonado, Marco Enríquez y los escritores Rafael Gumucio, Luis López-Aliaga, René Arcos Levi, entre muchos otros. Con los escritores surgieron, como siempre, los primeros inconvenientes, porque queríamos armar una mesa con Adolfo Couve y Gonzalo Contreras. Hablé personalmente con Couve y contestó entusiasmado que sí, que admiraba a Contreras, que habían estado a punto de coincidir en varias otras mesas, pero por alguna razón él nunca llegaba. Me tocó entonces llamar a Contreras, pero al avisarle con quién compartiría la mesa, respondió que con ese maricón no se sentaba en ninguna parte. Ante la respuesta, volví a telefonear a Couve para informarle que lamentablemente estaría solo en la mesa. “Entonces yo tampoco voy”, sentenció Couve con enojo. Aproblemado, insistí con Contreras y no me quedó otra que amenazarlo: si no iba, diría la razón que había esgrimido.
El hecho, o mejor dicho el mal rato, se me olvidó hasta este año, cuando vi en una página web la reproducción de la panegírica columna de Gonzalo Contreras. En ella decía en referencia a Adolfo Couve: “Autor secreto, casi confidencial, alejado de todo ruido mediático se aisló en su casa de Cartagena para terminar una obra singular cuyos signos fueron la medida, la mot juste, el equilibrio, la estructura. Se lo tildó de naturalista, minimalista y también de anacrónico. Ninguno de esos adjetivos le viene bien”. Tal vez ninguno de esos adjetivos le vino bien, porque Contreras prefería el simple “maricón” para referirse a Couve. Sin embargo, elaboró una mentira tan creíble para muchos, que incluso yo mismo estuve a punto de derramar unas lágrimas.
El recuerdo que he manoseado para ejemplificar que todo texto es ficción o mentira tiene su complejidad, ya que hablo de un escritor “mentiroso” que escribe mentiras. Muchos argumentarán con razón que la complejidad no existe, porque da lo mismo el adjetivo que acompañe el término escritor y que en nada cambiaría la reflexión expuesta, si por ejemplo el escritor fuese veraz, inteligente, alto o tartamudo, vale decir las cualidades o adjetivaciones no debieran importar a la hora de juzgar lo sustantivo. En este sentido mi anécdota o recuerdo sólo sería una pataleta moralista, porque no hay que pasar por alto la siguiente suposición: ¿Qué tal, si comprendiendo la paradoja planteada aquí, Contreras supiese que daba lo mismo escribir un panegírico o la historia real del por qué no estuvo con Couve en esa mesa? Entonces no nos escandalicemos. Cualquier cosa que se hubiera escrito de Adolfo Couve sería una mentira, porque el lenguaje tal como lo dijo Julio Espinosa Guerra y otros más no alcanza para dar cuenta de la realidad.

viernes, junio 26, 2009

Llorando bajo la lluvia


A, para, por, entre y a través de Michael Jackson

Habitualmente se tiene la creencia de que la época de lluvias y fríos es una época en la que la gente se enclaustra y en la que no pasa nada. Los bares y las calles no se aprecian tan llenas como en verano o primavera, más aún por las noches. Sin embargo, esto no quiere decir que en invierno no suceda nada, más ahora en pleno peak de fiebre porcina. En este sentido, podríamos afirmar que en este invierno en Chile y parte del mundo nos hemos ido al cerdo.
Pero veamos lo que ha sucedido en diversos inviernos de la historia de este país. En invierno ganó las elecciones presidenciales Allende. A este respecto el poeta José Ángel Cuevas en “Álbum del ex Chile (1970-1973)”, su libro de memorias histórico-poéticas, recuerda: “Veo una multitud enorme de trabajadores, una generación estudiantil, veo largas filas desde el Pedagógico 1970… Hasta coronar con el gran triunfo de Salvador Allende… la Alameda iluminada y llena absolutamente”. Pero es más: todos los hitos políticos que desencadenarían en el Golpe Militar ocurrieron en invierno: El Tanquetazo y el propio Golpe acontecieron empezando y terminando el invierno. En este sentido, el destino de la Upé estuvo marcado por esta época del año. Tal vez si los revolucionarios hubieran puesto más atención a ello, otro gallo hubiera cantado.
Algunos poetas sí han tenido claro esta condición político-climatológica de nuestra historia reciente. Es el caso de Elicura Chihuailaf, quien escribe: “Llueve, afuera seguramente llueve / pero es otro invierno que en mis ojos llora / Hacia los días venideros vuelvo entonces la mirada / Veo a mis hijas, a mis hijos que abrazarme vienen / Y es otoño o el primer día de octubre / mi madre que me dice: Despierta hijo, despierta”.
Hace sesenta años estuvo en Chile Albert Camus, quien con los años sería Premio Nobel de Literatura, y fue testigo del siguiente espectáculo: “17 de agosto. Día de disturbios y revueltas. El motivo es un aumento en los ‘micros’. Dan vuelta los ómnibus y los incendian… Cuando salgo de la conferencia en el Instituto Francés, los comercios tienen sus persianas bajas y la tropa, con casco y armada, ocupa literalmente la ciudad. Es el estado de sitio”. Como ven, el Ejército desde esos tiempos se había acostumbrado a salir a la calle.
Para quienes vivimos en el hemisferio sur podría asociarse esta temporada del año a grandes tragedias: las bombas atómicas sobre Iroshima y Nagasaki fueron lanzadas como todos saben a comienzos de agosto de 1945; Marilyn Monroe y Elvis Presley, tal vez los íconos pop más grandes, fallecieron en ese mismo mes pero con quince años de diferencia; las Torres Gemelas cayeron en esta misma temporada. Aquí se podría aplicar ese refrán de que tanto los ciudadanos nipones como los íconos pop estadounidenses no pasaron agosto. Sin embargo, también existen hitos maravillosos, como la llegada del hombre a la luna el 20 de julio de 1969. Este año se cumplen cuarenta años de esa hazaña, que algunos cuestionan y tildan como un montaje del gobierno de Estados Unidos.
Pero hay hechos más contemporáneos y de otra laya: cerca del invierno Carlos Caszely perdió ese famoso penal ante Austria en el Mundial del ’82 y por esa época se desbordó el Mapocho y varios ríos y esteros a lo largo del país. Esta época del año como ven tampoco ha sido beneficiosa para el deporte: la selección chilena de fútbol quedó eliminada en la Copa América de 1991 que organizó para ganar como local, con Arturo Salah como director técnico y Manuel Pellegrini como su asistente. Si eso no fuera poco, a Ronald Fuentes le cobraron una mano-penal ante Italia, en el Mundial de Francia, justo cuando Chile ganaba dos a uno. Tal vez lo único bueno para el deporte chileno en invierno han sido las olimpiadas: en 1988 Alfonso de Irruarízaga obtuvo medalla de plata en tiro skit y el 2004 y 2008 Nicolás Massú y Fernando González hicieron lo propio en Atenas y Beijing. Pero estas excepciones, lo único que hacen es confirmar la regla.
Podríamos concluir entonces que Chile, por lo desastroso que aparece, es un invierno permanente. De hecho la personalidad del chileno es gris, sin gracia, quejumbrosa, en otras palabras reflejo de esta estación del año. Quizá por eso el inicio del invierno coincide con el nuevo año mapuche, una nación que desde la “pacificación” ha vivido en desgracia y opacidad. En mi caso nada ha sido muy distinto de lo descrito hasta aquí: desde lo que va corrido de la década siempre me he separado en invierno. No me quejo, sólo pienso que esto me hace chileno, trágico, gris, quejumbroso.

viernes, junio 19, 2009

Porky, Porky


De niño uno de mis dibujos animados favoritos era Porky. Con la distancia que da el tiempo creo que era porque yo también era, o más bien soy tartamudo, aunque en ese tiempo lo era más aún. Sir ir más lejos me viene a la memoria una clase de castellano y la petición de la profesora de “lea ahora usted, León”. Observé el pelo lila de la profesora –debió ser uno de los primeros teñidos estrambóticos–, me puse de pie y comencé a leer, bueno en realidad a tartamudear. Mis compañeros se reían, yo transpiraba, mis piernas tiritaban y en fin pensaba en cuándo iba a terminar de hacer el ridículo. Porque cuando uno es tartamudo, como cuentan algunos chistes, tarda más en leer, así es que cualquier lectura se hace eterna.
Con los años diversos profesores, compañeros, obreros y familiares me aconsejaban que practicara delante de un espejo o que al leer me echara piedras o cualquier cosa a la boca, que de este modo un famoso griego había conseguido superar “el problema”. Cuando uno es niño muchas cosas te dan vergüenza, pero con los años las vergüenzas o “planchas” se aprenden a superar, o a considerarlas parte de ti. Opté por esto último. Así es que mi tartamudez por mucho tiempo, creo que incluso hasta hoy, la he considerado como parte de mi carácter o de mi personalidad. “Si quieres, te puedo mandar a un fonoaudiólogo”, amenazó mi padre cuando yo frisaba los diecisiete años y mi respuesta fue: “Mejor paga la pensión alimenticia”. En otras palabras, había cosas más importantes en la que gastar la plata.
Mi madre, por otra parte, dijo una vez que alguien le había dicho que con el tiempo cada vez sería menos tartamudo, y yo, el malagradecido, no le creí. Sin embargo, la predicción se hizo realidad, y efectivamente empecé a tartamudear menos. De hecho, había ocasiones en que no lo hacía, en cambio en otras bastaba una situación incómoda o que tuviera que leer algo en público o privado para que la tartamudez apareciera en toda su majestad. Pero nunca temí a tartamudear, porque incluso llegué a hacer la práctica en radio y “locuteé” sin problemas; no obstante, cuando me hacían dar un “extra” quedaba la cagada.
Con todo, lo que nunca entendí fueron los chistes de tartamudos que solía ver en la tele o escucharles a mis compañeros o amigos. En ellos supuestamente el tartamudo es poco menos que un idiota, o un ser con sus condiciones intelectuales severamente perturbadas. Con el tiempo me informé y me di cuenta de que varios artistas e intelectuales habían sido tartamudos: Miguel de Cervantes, Charles Darwin, Winston Churchill, Jorge Luis Borges, Marilyn Monroe, Bruce Willis, José Donoso. Mario Vargas Llosa, de hecho, sin ser tartamudo, tuvo que disculparse hace seis años ante “todos los tartamudos del mundo” por haberlos tratado como ejemplo de “disfunción de la capacidad expresiva de las personas”.
Como ven la tartamudez me dotó de identidad y pertenencia a un grupo. Cuando conocí a Gonzalo Contreras y a Pablo Azócar, me convencí de que ser tartamudo equivalía a ser escritor, o más precisamente narrador. Pese a ello, no puedo dejar de reconocer que cuando veo a alguien tartamudeando en la tele aún me siento un poco de vergüenza ajena. Son estas instancias públicas las más complejas, porque aquí se combate con ese paradigma de que todo tartamudo es idiota o con lo que definió el neurólogo Pierre Marie: “El tartamudo no es un paralítico, tampoco es un afásico; no obstante, en ciertos momentos no puede llegar a expectorar una palabra que quiere decir y que él tiene perfectamente en su pensamiento”. Ciertamente un tartamudo en un medio masivo como la televisión todavía puede pasar por idiota, y eso se debe a que en ese medio funcionan los estereotipos, arquetipos y todo tipo de prejuicios.
Bueno, pero esto no es una apología a la tartamudez. Tampoco pretendo decirle a las madres de Chile que por favor si tienen un hijo tartamudo, manténgalo así, tal cual, ya que de este modo conservarán su singularidad. Nada de eso. Ser tartamudo es como estar resfriado: una molestia. Pero el resfrío, al igual que la tartamudez, pasa. Me refiero a que uno no tartamudea todo el rato y en cualquier situación. Uno tartamudea un tiempo y luego habla relativamente bien. Sería una locura pretender tartamudear el cien por ciento de las veces. Por eso tratar al escritor Gonzalo Contreras como El Tatarita porque tartamudea me parece algo muy similar a tratar a alguien que ha estado resfriado como El Resfriado Azócar o El Empalmado León. De hecho es peor que gritar Pelado Acosta o Chico Molina, porque en éstos al menos la cualidad –pelado o chico– siempre saltará a la vista. Me despido de este desvarío con esa canción de uno de mis dibujos animados favoritos: “Lástima que terminó el festival de hoy, / pronto volveremos con / más diversiones. / Porky, Porky / nuestro rey / te esperamos con afán / siempre alegras nuestras vidas con tu festival”.

jueves, junio 11, 2009

Estimado Marco


Nos conocimos hace trece años en el Hotel San Martín de Viña del Mar. Tú eras uno de los cineastas invitados a un seminario de literatura y cine que un socio y yo organizamos como única forma de subsistencia. Recuerdo que llegaste con una atractiva chica y que me caíste bien de inmediato, tal vez por esa aura que acompaña a todo hijo de revolucionario. Recuerdo también que una noche nos llevaste al Bar Cinzano a conversar con el senador Ominami y que el bar estaba sólo abierto para él y para su chofer. Intuyo que la simpatía fue mutua, porque al otro año, vale decir en 1997, te fuiste a París a una beca de cine destinada a doce jóvenes cineastas de todo el mundo. Nos carteamos ese año, hasta la muerte de mi madre guardé una carta tuya con una rosa marchita dentro, y me contaste que la beca consistía en rodar películas y que te tocaba de hacer de todo y que, para variar, te había caído en gracia una chica lituana. No creo ser indiscreto en este punto. Corrígeme si así estimas conveniente.
Como era de esperar volviste a Chile, y mi socio, flechado por tu cabellera, te volvió a invitar a un ciclo que se llamaba Diálogos con la Cultura en el Teatro Municipal de Viña del Mar. No recuerdo si fuiste, aunque sí se mostró tu película, una donde el guionista era Alberto Fuguet y actuaban muchos jóvenes actores, hoy famosos actores de teleseries. En 1999 te hiciste cargo de la parte audiovisual de la campaña de Ricardo Lagos, y yo de regreso en Santiago trabajé para tu madre de rebote, más específicamente para la franja televisiva del candidato de la Concertación. Recorrimos con el cineasta Daniel de la Vega varias comunas siguiendo a Joaquín Lavín. La idea era pillarlo en algún desliz. Sin embargo, el candidato de la derecha no estaba para deslices, así es que nuestro trabajo fue en vano.
En ese tiempo, Marco, tenías la idea de trabajar con la historia de la muerte de tu padre y recuerdo haberte comentado que eso era bacán. Luego tuviste problemas con la candidatura de Lagos, al parecer tú radicalizabas su campaña cuando había que centrarla para la segunda vuelta, y saliste de ella e ingresaron otras personas. Junto con eso apareció el Ominami en tu nombre, cosa que me extrañó y te digo por qué. Siempre que uno agrega algo a un nombre, democracia protegida a democracia o justicia en la medida de lo posible a justicia, está llamando al error, al equívoco. Democracia protegida no es democracia, ya lo sabemos, y Marco Enríquez-Ominami no es Marco Enríquez ni Marco Ominami. Entiendo que quisiste dar un homenaje a quien fuera “como” tu padre, pero la verdad tener dos padres es como tener dos casas: un lujo para la gran mayoría de los chilenos, incluido yo.
No sé bien a qué voy con esta carta abierta, pero la pregunta de “adónde voy”, ya la contestaron Enrique Sienkiewicz y Maori Pérez en distintos tiempos. El primero con la historia de Nerón que la tele pasa todos los años en Semana Santa y el segundo con una simple frase: “Adonde todos van... Al mall”.
Pero no nos desviemos. Con los años fuiste creciendo: vino “La vida es una lotería” y con ella tu acercamiento a la política con mayúsculas. De este modo ese joven que conocí hace trece años fue desapareciendo; de hecho ya no se llamaba así. En este punto me gustaría detenerme en tu papel de empresario de Rivas & Rivas, tu productora, y de jefe o empleador desde tu diputación. Tengo dos conocidos que trabajaron para ti y resulta increíble lo poco que les pagabas y lo mucho que los hacías trabajar. Los que te conocen más que yo dirán que así es Marco, exigente; pero yo diría que llamar a tu periodista a las doce de la noche para que escriba un comunicado está cercano a la explotación, más viniendo de ti: un hijo de revolucionario.
Te preguntarás ahora y a este tipo qué le pasa conmigo, qué pretende, y la respuesta es algo obvia: eres precandidato a la Presidencia de Chile y por ende todo lo que me ha vinculado contigo hasta ahora me incumbe, porque ahora eres un personaje público y notorio. Todo lo que sé de ti afecta mi voto en diciembre, y eso que yo no voto hace diez años, pero como me caes bien y eres el primer precandidato que conozco personalmente, me pregunto si este año vale la pena votar.
Tengo una respuesta o una contestación, como dirían un colombiano, pero prefiero guardarla y consultarte con todo el cariño que te tengo: ¿Por qué, Marco, ser Presidente, para qué, si todo va a seguir igual. Lo único que puede cambiar a estas alturas es tu nombre, y eso ya pasó, estimado Marco. Así es que insisto: ¿Por qué postular al cargo más alto del Estado, si todos sabemos que ese cargo te obligará a hacer cosas que no estás de acuerdo a hacer en condiciones normales? Cuestiones de Estado se llama a eso, ¿no es cierto, Marco? Te llamo a bajar tu candidatura, no por el bien de la Concertación, la patria o el país, sino por tu bien, Marco, porque este país, como se ha cansado de repetir el poeta Pepe Cuevas, se fregó. Ya no hay nada qué hacer y ese esfuerzo, el tuyo, mejor dedícalo a hacer una película que narre el momento exacto en que Chile se fregó. Tengo un par de ideas que podríamos conversar con la Karen.

viernes, junio 05, 2009

1986


1986 EQUIVALE A empezar de cero.
Los perros caminan con impunidad por la calles y el atentado a Pinochet será un fracaso. Tengo 17 años y soy un pendejo. A los 13 pensaba que a los 23 sería abogado, me casaría con una chica católica y estaría por tener mi primer hijo varón. Sin embargo, acabo de postular a Ingeniería, una carrera que decidí a última hora, cuando mis intenciones apuntaban a Literatura en la Universidad de Chile.
Cuando uno es chico cualquier consejo, por estúpido que sea, te hace cambiar de dirección. Y en mi caso el consejo provino del orientador del colegio, quien me dijo que, dado que dos de mis escritores favoritos eran Nicanor Parra y Ernesto Sábato y en vista de que ambos estaban involucrados de una u otra manera con la ingeniería, por qué no hacer lo mismo.
Mi abuelo, con todo, está contento con el solo hecho de que haya quedado en la universidad, y mi madre respira aliviada al no haber insistido en esa carrera de muertos de hambre. Suficiente conmigo, parece decirme con la mirada, cuando pregunto si está bien mi decisión. Las madres poco ayudan en esto de resolver los destinos de sus hijos. Ellas, en especial la mía, siempre creen en el destino como una suerte de futuro trazado, imposible de modificar con una decisión o acto.
Digamos que tengo cuatro amigos, todos del colegio, y con ellos parece comenzar el verano del primer día del resto de nuestras vidas. Voy arriba de un BMW 316 en dirección a Vichuquén. Atrás llevamos enganchada una lancha. En un camping de Vichuquén nos espera Dante, quien se ha llevado el láser, una embarcación ligera a vela, junto a Alfonso, un tipo tan o más tartamudo que yo, pero rugbista.
Pero no nos adelantemos y volvamos al BMW que conduce Edmundo y que copilota Aldo, con quien, en plena década de los 70, fuimos los únicos que tuvimos padres separados en ese católico colegio.
Confieso que nunca había hecho un viaje tan largo en auto, aunque cuando tenía 6 años y antes de que se separaran mis padres, viajamos en un Peugeot hasta Pucón, alojando en Chillán y teniendo uno de esos pocos, gratos y borrosos recuerdos de infancia: mi padre y yo remando en un lago hacia un volcán. Por esos años no era capaz de ver la lava o las cosas malas e imprevistas.
Ahora, las imágenes son más claras y las sensaciones también. Quizá por eso pienso que nunca me he alejado tanto de mi casa, o más precisamente, de mi madre. Aunque también esto es inexacto o literatura, o como ustedes prefieran, ya que hace poco más de un año viajé al norte con todo mi curso de los Padres Franceses de Viña del Mar. Pero el caso es que vamos solos, sin padres, ni profesores ni desagradables compañeros, a quienes poner buena cara por convivencia.
Hace calor dentro del BMW, pero me niego a bajar la ventana.
—No se supone que en el sur debiera hacer frío –comento.
Edmundo sonríe, con una sonrisa de cuico que pronto se le terminará, junto con su cordura. Aunque eso es otra historia.
—Para que sepái, Gonzalo, una de las ciudades donde más hace calor durante el verano es Chillán –apunta Aldo, un experto en geografía, en matemáticas y, con el tiempo, en economía.
—Entonces sube la ventana –insiste Edmundo con gentileza–. De lo contrario, el aire acondicionado, te repito, no funciona.
No le creo a Edmundo, porque me resulta sencillamente imposible pensar que el aire no funcione. El aire es un elemento vital y, como tal, debe funcionar. Antes que pueda decir algo más, Aldo, examinando un mapa Turistel, dice que es hora de doblar a la derecha o, si lo prefieren, hacia el oriente.
—Nos vamos acercando al territorio de un traficante de armas –advierte Aldo, para referirse a Carlos Cardoen, quien con el tiempo se convertirá en el padrino de esta zona.


Después de varios minutos, llegamos a Vichuquén, al sitio arrendado por Dante quien, nos estrecha su regordeta mano.
—¿Por qué se demoraron?
Edmundo y Aldo se encogen de hombros y, luego, hacen un esquivo gesto hacia mí.
—Bueno, pero acomodémonos –dice Dante.
De pronto y entero mojado, caminando con sus piernas arqueadas, aparece Alfonso, como si fuese el monstruo del lago Ness.
—Hola –saluda mostrando su palma en señal de paz–. ¿Por qué se demo–demo–raron?
—Ya contestamos esa pregunta –repone Aldo, bajando las cosas del BMW, que no son otra cosa que cositas que nuestras madres fueron capaces de poner en nuestros bolsos. Si hubiesen sido capaces de poner el mundo en esos bolsos, lo habrían hecho.
Dante y Edmundo desenganchan la lancha, que durante toda nuestra estancia permanecerá amarrada al muelle del lago.
—¿Y tu auto? –pregunta Edmundo.
—¿No te dije?
Edmundo niega con la cabeza.
—No vine solo hasta acá. Al final, me vinieron a dejar mis viejos. Pensaban que le podía pasar algo a…
—¿Al niño? –interrumpo.
—No, Lapa, al láser –así suelen llamarme cuando me porto, como ellos dicen eufemísticamente, de manera indeseable–. Después de todo, es complicado viajar con una embarcación hasta acá.
—Dímelo a mí –complementa Edmundo mirando su lancha.
—Igual pienso que el Lapa tiene razón –tercia Aldo–. ¿No les parece demasiado esto de vacacionar con un láser, una lancha y un BMW?
Todos nos quedamos mirando, como encontrando razón a la pregunta o a la afirmación de Aldo.
—Bueno, vivimos en un mundo de fantasía o en una burbuja que nos aísla del mundo real –asegura Dante con autoridad, pese a ser el menor de todos–. Nuestros papitos nos dan todo, salimos de un colegio cuico de Viña del Mal y todos vamos a ir a una buena universidad. Ese mundo no es el verdadero, insisto, no es el de las poblaciones ni el de los 2 millones de pobres ni nada por el estilo. Entonces, ¿para qué fingir? Aceptemos la lancha, el láser y el BMW como nuestro emblema.
—Habla por ti –replico.
—Ah, ya salió el pobrecito –interviene Edmundo–, el epiléptico que vive con su abuelo, el que no va a ir a la universidad, el que su papá no quiere. No te hagái la víctima, porque tú entraste a la universidad y, en unos años más, serás un ingeniero, como dice tu abuelo, al igual que Aldo y Alfonso.
Con el tiempo, efectivamente Aldo y Alfonso serán ingenieros como dijo mi abuelo de la Universidad Técnica Federico Santa María.


Como el país, el camping ha sido dividido en dos: en un grupo llamado Corsarios, el bueno, y en otro llamado Piratas, el malo. Nuestro sitio ha sido incluido en el primer bando, se nos han entregado armas y estamos preparados para el combate en punta y codo, como dirá el poeta Bruno Vidal.
Somos pocos los jóvenes corsarios, pero eso no es relevante ahora, cuando estamos enfrentados a una competencia bien dura. Se trata de la parte artística entre comillas de la guerra por Vichuquén, en la que cada grupo tiene que presentar un espectáculo circense. Chile como circo o un circo como Chile, elijan.
Me han encargado la misión de ser Señor Corales y mi vestimenta es la de cualquier cesante, o la visión que tengo de ellos, aunque Edmundo dice que me parezco a un ciego, porque salgo a escena con gafas oscuras, en vez de mis lentes ópticos, por lo que no veo al público. Si lo divisara, de seguro tartamudearía. Aparte de la vestimenta, luzco una tetera en una mano a modo de cartera, de la cual saco sal y la lanzo con la mano a la gente, intentando capturar su atención.
Antes de comenzar a hablar, el grito de nuestro grupo o bando, como ustedes prefieran, se escucha en toda la improvisada carpa:
—¡Emedepé!... Movimiento Democrático Popular.
El público se queda callado, cuestión que aprovecho para empezar, lenta y cansadamente, a presentar los números de la noche.
—Y con ustedes, los payasos.
Edmundo, Dante y Aldo salen desfilando marcialmente, como si estuvieran en alguna Parada Militar. La gente no lo puede creer, piensa que somos irreverentes, palabra que hará conocida en los 90 para todo aquello que esté contra lo establecido u oficial. Hacemos un circo del absurdo y, cuando terminamos, dos señoras se nos acercan para decirnos:
—Ustedes son artistas callejeros, ¿cierto?
—Sí, yo los he visto en el Paseo Ahumada.
—¡De veeeeras! –exclama una como cabra de cerro–. Yo también los he visto, pero en cerca del Drugstore, en Providencia.
—¿Podrían hacer una función privada para nuestros niños?
Edmundo, quien es el que posee más alma de comerciante, ataja a las viejas:
—Lo siento, pero si desean contratar alguna función, deberán hablar con nuestro representante.
Las señoras forman con sus cuellos un signo de interrogación.
—Me refiero al señor Fernando Ubiergo.


Durante nuestra estancia en Vichuquén, Edmundo atinará con una talquina, Aldo se quemará la pierna con agua hirviendo, Alfonso y Dante tendrán un affaire que nunca confesarán a sus esposas, y yo casi me ahogaré cuando la botavara del láser golpee mi cabeza y caiga al lago, afortunadamente, con el chaleco salvavidas puesto. Pero sobre todo, durante este verano, nos convertiremos en casi adultos, que es una forma amable de decir pendejos.

viernes, mayo 29, 2009

En nombre del seudónimo


Se ha escrito bastante sobre los seudónimos de nuestros nobeles escritores: Lucía Godoy Alcayaga y Neftalí Reyes. Se ha contado en muchas ocasiones a quiénes intentaron homenajear con sus respectivos seudónimos, sin embargo, mi intención aquí es introducir una duda: qué hubiese pasado si Neftalí Reyes hubiera elegido un seudónimo más común, como Zalo Reyes. Pero antes imaginemos al vate quejándose amargamente con su madre no por su apellido, sino por su nombre:
¿Quién me tomará en serio con este nombre, mamá?
Pero Neftalí, no debes hablar así, ya que te bautizamos ante Dios no sólo con ese nombre, sino como Ricardo Eliécer Neftalí.
Al final, nuestro querido Pablo Neruda renunció a todos sus nombres, pero pensemos por un instante que se quedó con Zalo como seudónimo. “20 poemas y una canción desesperada” entonces estaría escrito por Zalo Reyes y sin duda sonaría raro, más aun si esos archiconocidos versos –“Me gustas cuando callas porque estás como ausente, / y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca” – se lo adjudicásemos al mismo Zalo Reyes. Si eso hubiera pasado, el Gorrión de Conchalí, alias Boris Leonardo González Reyes, tal vez hubiera usado el nombre de Neftalí como seudónimo, o quién sabe jamás se hubiera dedicado a la música, sino a la ornitología y sería una persona sana, dedicada a la observación de la naturaleza.
Planteo esta duda, que obviamente no tuvo nuestro Premio Nobel, para explicitar la importancia de los nombres o de nombrar. En otras palabras que Carlos Díaz sea Pablo de Rokha, y Neftalí Reyes Pablo Neruda abre un flanco no menor, y esto es la poca conciencia de clase que estos dos insignes militantes comunistas tenían a la hora de elegir sus sendos seudónimos. No soy quién para juzgar: jamás he militado en algún partido de izquierda, no tengo idea lo que es la izquierda, no poseo educación marxista, y en mi vida política he funcionado gracias a la intuición, la desconfianza y a unas pocas lecturas. Pero salta a la vista que Neruda escogió su seudónimo para hacer carrera literaria, y no sólo en Chilito lindo, sino en el mundo. Esto no tiene nada de malo, aunque en lo personal me hubiera gustado un poco más de consecuencia, compañero. Tampoco estoy diciendo que, para ser consecuente con su militancia, don Neftalí debió haber usado un seudónimo más combativo, como Luis Emilio Díaz en homenaje a Luis Emilio Recabarren y a Carlos Díaz. Si así hubieran sido las cosas, ¿Pablo de Rokha le habría reclamado algo a Luchito Díaz? No, y la respuesta está basada en el nombre, o si quieren en el seudónimo.
Algunos argumentarán aquí que los seudónimos no tienen su explicación en una cuestión de clase, sino en una época en la que los artistas, escritores, poetas preferían esconder su verdadero nombre. Porque, aclaremos, “seudo” significa “falso”. Vale decir, ponerse un seudónimo implica dar un paso en falso. El poeta argentino Martín Gambarotta publicó, sin ir más lejos, un libro que se llama así y que en un poema dice más o menos así: “En la calle Padilla / unos chinos vestidos de pachuchos / se reparten nombres: vos Zhang Kuo / te llamás Francisco, vos Xin Di / te llamás Diego, vos Gong Xi: Pacino; / y yo Bei Dao me llamo Pseudo”. Sin embargo, Gambarotta aclara al final del poema que Pseudo no es ningún nombre.
Si hay un tema tratado hasta la saciedad en los últimos años por la poesía, ese es la anulación del yo o sujeto. En “Poemas de Paco Bazán”, el poeta Sergio Parra (Talcahuano, 1964), quien es conocido como el Huevón Pesado, escribe lo siguiente: “Al centro del comedor / Sergio Parra está sentado en un sillón / destruido”. Es obvio que el Sergio Parra que aparece en el poema no tiene nada que ver con el poeta que lo escribió. El del poema es una imagen literaria y no existe, y el poeta,… bueno hoy es propietario de una librería. Esta diferencia la hago pese a que muchos quisieran ver al poeta sentado en un sillón, destruido.
Y aquí, al final de esta digresión, surge un aspecto que ha venido a reemplazar al seudónimo en los poetas o escritores, y ese es el alias, apodos o chapas. Se escucha a menudo hablar del Guatón Bonito, El Pelado que Silva, El Basurita y otros más con epidermis sensible. Sin ir más lejos, yo mismo cuento con varios apodos: Huevón, Sapo, Chancho, que bien podrían resumirse en el Huevón Sapo o en el Huevón Chancho. A mí no me importa, porque a diferencia de Pablo Neruda, sé cómo me llamo, aunque por esta vez haré una excepción.

sábado, mayo 23, 2009

Un artista hétero


No soy lo que ustedes esperaban, dejé mis tacones en casa.
Dustin Lance Black


MÁS QUE UN artista, C era un pintor, al menos eso le gustaba aclarar. Sin embargo, para los demás más que pintor era un artista, debido a su inconsistencia, ya que C no planeaba exposiciones, ni tampoco invitaba a gente al taller para vender sus obras. C sólo pintaba en un tiempo en que pintar había quedado obsoleto, hablo de un tiempo en que todo era lenguaje digital o instalaciones audiovisuales. Quizá por eso C era un artista conocido e invitado a dar a conocer sus peculiares opiniones sobre el arte en Internet o en ese formato que había reemplazado a los museos: la televisión. Era un tiempo en el futuro, pero no a muchos años de este presente.
La rutina de C comenzaba temprano o lo que en esta época se consideraba temprano para cualquier artista, vale decir a las dos de la tarde. De ahí se ponía una mascarilla y deambulaba por la ciudad, enseguida regresaba a su departamento y tomaba dos pastillas para bajar esa ansiedad que rodeaba la creación artística. Sólo después de esto C iba al taller asignado en unos abandonados estudios de televisión para pintar lo que él denominaba “La decadencia de Oriente”, una serie de obras figurativas destinadas a retratar los artículos electrodomésticos que por esos años habían caído en desuso: refrigeradores, lectores de cedés y devedés, MP3 y MP4, Ipod, LCD y plasmas, poniendo especial énfasis en las aspiradoras de todos los modelos y años. Según C, en ellas estaba el secreto de la decadencia de oriente.
Pero la obra de C no está en cuestión, sino que sus planteamientos estéticos o lo que él consideraba como planteamientos. C era heterosexual en un tiempo en el que todos los artistas eran homosexuales o lesbianas, así es que cuando lo invitaban a hablar a algún hotel, que ahora funcionaban como centros de estudio, él insistía en que hablaba desde su diferencia o, si así quieren, desde su heterosexualidad. A algunos de sus colegas les irritaba la actitud de C, pero en general era respetado en medio de gritos destemplados y muecas de adónde vamos a llegar con gente como ésta. C no hacía caso y por lo general seguía su exposición como si nada.
A mí no me afectan sus grititos o sus gestos, solía decir, porque precisamente mi arte, o lo que hago, tiene que ver con una opción sexual antigua pero a la vez radical, o si así quieren, trasnochada. Mi arte entonces, concluía, traduce mi opción sexual, o ese trasnoche. Y no crean que soy el único, sé que entre ustedes hay algunos más, pero que por temor no se atreven a declararse héteros.
Yo puedo ser etéreo, pero jamás hétero, contestaba uno que otro en estas ocasiones, lo que de inmediato hacía que las risas surgieran espontáneas.
Lo etéreo de mi heterosexualidad intimida a muchos, lo sé, y no es mi intención hacerlos cambiar de opinión, porque mi arte no es didáctico.
Lo sabemos, es trasnochado, insistía una lesbiana o un gay en estas discusiones que se repetían una y otra vez en los hoteles de aquella ciudad.
C a veces se convertía en el centro de estos coloquios y por eso recibía la admiración y el respeto de sus colegas, pese a que en la intimidad sabía que ellos se burlaban de él por su opción sexual. Se imaginaba a varios de esos afeminados haciendo las veces de macho e imitándolo. Pero C guardaba un secreto: su pareja. Nadie sabía de ella ni la había visto antes. ¿Quién sería ese otro heterosexual? ¿Acaso otro artista o lo que todos pensaban: un abogado-economista? Sí, porque en este futuro los abogados-economistas eran todos héteros, y la población mundial, en su mayoría homosexual y lesbiana, aunque partidaria de la fertilización in vitro, se burlaba de ellos cotidianamente. De hecho, los únicos que seguían teniendo hijos como en el siglo veintiuno eran los abogados-economistas. El resto adoptaba o era fertilizada. Los homosexuales adoptaban y las lesbianas eran fertilizadas. Por eso se especulaba sobre qué abogada-economista sería la pareja de C, así es que cuando nacía un niño producto de un parto natural, todos se preguntaban si ese niño era de C. Como ven, el morbo perseguía a nuestro artista trasnochado.
Sin embargo, el morbo aumentaba para las bienales, y esta vez el tema a tratar sería la pintura como lenguaje en extinción y sus posibilidades de reciclaje. Como era de imaginar uno de los invitados de honor era C, pero no sólo él, sino varios artistas héteros de la región. Así fue como llegaron ucranianos y uzbekistanos, los mayores exponentes de la pintura o los que habían mantenido este lenguaje vivo.
El día de la inauguración el curador de la bienal observaba extrañado cómo C y los demás artistas colgaban sus cuadros. Y digo extraño, porque esto de colgar obras de arte había pasado de moda, en esta época el resto de los artistas proyectaba sobre esas paredes sus instalaciones audiovisuales. Les dan otro uso, pensó el curador con curiosidad y enseguida recordó a un tal Marcel Duchamp y al uso que le dio a un wáter en una galería o museo.
¿Trajiste el texto que expondrás en la noche?, preguntó el curador, acercándose a C, quien lucía sudoroso y golpeaba un clavo con un martillo. El curador imaginó que ese hecho para él ya era arte.
Sí, contestó C algo indiferente, pero lo escribí a mano.
¡A mano! ¿Cómo que a mano?
C extrajo de un bolsillo unos papeles doblados. En ellos había escrito su ponencia. Al quedarse contemplándolos, el curador pensó que C vivía en el pasado. De ahí su arte, agregó a modo de nota mental, de ahí su heterosexualidad.
¿Está bien?
No te preocupes, respondió el curador y luego imaginó a C como el artista total, el Leonardo da Vinci de este tiempo. Todo, hasta una simple ponencia lo hace de manera artesanal, artística, concluyó en el preciso momento en que C se martilló casualmente el dedo y de él comenzó a brotar sangre. ¿Arte gore?, se dijo a sí mismo sorprendido. C, sin una muestra de dolor, se llevó el dedo a la boca y bromeó con las veces en que se había lastimado por culpa de su arte. Mientras en otro lado de la sala de aquel hotel abandonado los ucranianos y uzbekistanos, con una habilidad sin igual, terminaban de colgar sus obras. C los miró con envidia, pero a la vez consciente de que la escuela ucraniana y uzbekistana eran famosas por su precisión en el montaje. Y no sólo en eso, sino también en la confección de perfectos bastidores.
Luego de comer algo con los ucranianos y los pocos pintores de la región, C estaba de vuelta en el hotel para la inauguración de la bienal de arte. Entre el público, C divisó a algunos famosos arqueólogos, periodistas y esas abogadas-economistas que tanto lo acosaban en el último tiempo. C lucía un diminuto vendaje en su dedo pulgar, cosa que muchos interpretaron como arte.
Hablar sobre lenguajes en extinción, empezó el curador, es extinguirse de cierto modo, o sea morir. Ese sentimiento me acompañó cuando seleccionaba las obras y los artistas que participarían en la bienal de este año. Ucrania y Uzbekistán han demostrado con un vigor sin precedentes cómo un lenguaje agonizante puede gozar de tan buena salud. Es precisamente esta contradicción la que me ha motivado. No, no soy marxista…
Después de las risas, el asado de gluten, preparado especialmente para la ocasión por chefs veganos, circuló entre los artistas, arqueólogos, periodistas y abogados-economistas. Los periodistas, casi todos homosexuales, se fijaban en los arqueólogos, que en esta época eran casi todos transexuales y que a su vez no despegaban su vista de los artistas, y los artistas observaban a las abogadas-economistas para ver quién era la pareja de C, y bueno las abogadas-economistas babeaban por él. También habrá que agregar que algunos arqueólogos también se fijaban en C, quien ahora subía a un pequeño estrado, que en su pasado fue una tarima de vedette, a leer su ponencia. Repentinamente la música así como las conversaciones cesaron.
Pintar es hoy día hablar desde la diferencia y no de un lenguaje en extinción, sentenció C con voz fuerte y clara. Pintar es afirmar la heterosexualidad, una opción añeja, lo sé, anticuada si se quiere, como la vida misma. Desde este punto de vista, pintar es un acto vital que se vincula con el cuerpo, con las manos, con los brazos, con los dedos, con la sangre.
En este punto C levantó su pulgar, quitó la diminuta venda y un hilito rojo cayó en dirección a su palma. La sala era una gran boca abierta.
Pintar es entregar esa vitalidad, prosiguió C ocultando su pulgar, y es una forma de desangrarse, pero de ninguna manera de extinción o muerte. Yo me puedo hacer una pequeña herida y no morir, pero si la herida es más grande tengo mayores probabilidades de morir. En definitiva, no pintar sería agrandar la herida y extinguir el lenguaje, no lo contrario.
Poco a poco las abogadas-economistas, algunos arqueólogos transexuales y hasta el curador se habían colocado en primera fila a observar el rostro de C, que irradiaba una extraña luz.
Como heterosexuales, pintamos la vida tal como fue concebida. La vida animal, no esta vida civilizada llena de comodidades.
C arrugó el papel y lo lanzó lejos. El aplauso fue cerrado para él, quien tampoco creía lo que estaba pasando. Las abogadas-economistas al borde del colapso se peleaban por tocarlo y llevárselo a sus lofts. Lo mismo hacían los (las) arqueólogas y el curador. La compostura se perdió, o eso pensó C en el momento en que todos los demás artistas continuaban con su morbo.
Ella debe ser, intentó adivinar uno cuando una de las abogadas-economistas jaló del brazo de C.
No, ¡ella es! Mira cómo lo observa, parece cuidarlo manteniendo la distancia, replicó otro.
Para mí que es marica, al igual que todos nosotros, terció el díscolo del grupo, un tipo que había sido hétero de joven.
Noooo, ¡cómo se te ocurre!
Después de las felicitaciones y de lo que quedó del asado de gluten, C abandonó la sala escoltado por un arqueólogo transexual y una abogada-economista. Pero cuando llegaron al primer piso él se despidió de ambas. Ya en la calle, C nervioso y sorprendido por los resultados de su ponencia aún no atinaba qué hacer, si ir a su departamento de primer piso o caminar por la ciudad. Al final optó por esto último.
C caminó y caminó con su mascarilla puesta, hasta que oscureció y llegó a un barrio peligroso que quedaba en el límite de la ciudad. Miró para todos lados antes de cruzar una calle y enfilar hacia una derruida construcción de madera. Adentro de ella había un tipo musculoso, alto, de pelo largo azabache, masturbándose.
Te estaba esperando, anunció el tipo desde una sucia cama.
Yo también estaba esperando este momento, respondió C y se lanzó un piquero sobre el tipo musculoso sin pensar en su arte, ni en su falsa heterosexualidad.

Archivo del blog