
Hace un tiempo establecí que el término ficción para mí era una mentira construida, pequeña o grande como ustedes prefieran. Desde ese punto de vista, los libros de no-ficción no existirían, porque es muy difícil no mentir cuando uno escribe. Inevitablemente se interpreta la realidad o se la elabora en otro tiempo y en otro espacio, por lo que cualquier texto escrito, incluso los históricos y de autoyuda debieran ser considerados como de ficción. Sin ir más lejos, la definición que examino en el Diccionario de la Real Academia Española señala: “Invención, cosa fingida”. Escribir no es un acto natural, el lenguaje no es algo inherente al ser humano, sino una construcción, una invención cultural, dicho de otro modo un malentendido.
Sabiendo esto, uno está libre para analizar muchas cosas, o muchos textos, que a primera vista aparecen como de no-ficción, pero que ya sabemos no son más que invenciones, malentendidos o derechamente mentiras. Creo que para ilustrar el asunto expondré un ejemplo. Hace más de un año, en el desaparecido suplemento Cultura del diario La Tercera se hizo un homenaje al escritor y pintor Adolfo Couve. El texto, escrito por una periodista que conozco desde los tiempos de la universidad, estaba muy bien; sin embargo, al lado de ese texto había una columna de Gonzalo Contreras, el escritor de “La ciudad anterior” y “El nadador”. En ella Contreras hablaba del talento de Couve, a propósito del libro póstumo “Cuando pienso en mi falta de cabeza”, y terminaba siendo un panegírico increíble. Aquí quiero aclarar que no me refiero al significado de increíble como asombroso, sino de no creíble, o más bien falso. Un escritor cuando escribe sabe que está mintiendo, eso ya lo dijimos, pero muy distinto es cuando un escritor mentiroso escribe y esa era la situación de Contreras.
Como algunos ya saben, en 1996 un socio y yo creamos una pequeña productora de eventos culturales en Viña del Mar. La segunda iniciativa en la que nos embarcamos fue la organización y producción de un seminario de literatura y cine llamado Adaptación Hacia el 2000. Nunca supe muy bien por qué le pusimos ese nombre, pero la verdad fue que produjo su efecto, ya que comprometieron su asistencia los cineastas Miguel Littín, Pepe Maldonado, Marco Enríquez y los escritores Rafael Gumucio, Luis López-Aliaga, René Arcos Levi, entre muchos otros. Con los escritores surgieron, como siempre, los primeros inconvenientes, porque queríamos armar una mesa con Adolfo Couve y Gonzalo Contreras. Hablé personalmente con Couve y contestó entusiasmado que sí, que admiraba a Contreras, que habían estado a punto de coincidir en varias otras mesas, pero por alguna razón él nunca llegaba. Me tocó entonces llamar a Contreras, pero al avisarle con quién compartiría la mesa, respondió que con ese maricón no se sentaba en ninguna parte. Ante la respuesta, volví a telefonear a Couve para informarle que lamentablemente estaría solo en la mesa. “Entonces yo tampoco voy”, sentenció Couve con enojo. Aproblemado, insistí con Contreras y no me quedó otra que amenazarlo: si no iba, diría la razón que había esgrimido.
El hecho, o mejor dicho el mal rato, se me olvidó hasta este año, cuando vi en una página web la reproducción de la panegírica columna de Gonzalo Contreras. En ella decía en referencia a Adolfo Couve: “Autor secreto, casi confidencial, alejado de todo ruido mediático se aisló en su casa de Cartagena para terminar una obra singular cuyos signos fueron la medida, la mot juste, el equilibrio, la estructura. Se lo tildó de naturalista, minimalista y también de anacrónico. Ninguno de esos adjetivos le viene bien”. Tal vez ninguno de esos adjetivos le vino bien, porque Contreras prefería el simple “maricón” para referirse a Couve. Sin embargo, elaboró una mentira tan creíble para muchos, que incluso yo mismo estuve a punto de derramar unas lágrimas.
El recuerdo que he manoseado para ejemplificar que todo texto es ficción o mentira tiene su complejidad, ya que hablo de un escritor “mentiroso” que escribe mentiras. Muchos argumentarán con razón que la complejidad no existe, porque da lo mismo el adjetivo que acompañe el término escritor y que en nada cambiaría la reflexión expuesta, si por ejemplo el escritor fuese veraz, inteligente, alto o tartamudo, vale decir las cualidades o adjetivaciones no debieran importar a la hora de juzgar lo sustantivo. En este sentido mi anécdota o recuerdo sólo sería una pataleta moralista, porque no hay que pasar por alto la siguiente suposición: ¿Qué tal, si comprendiendo la paradoja planteada aquí, Contreras supiese que daba lo mismo escribir un panegírico o la historia real del por qué no estuvo con Couve en esa mesa? Entonces no nos escandalicemos. Cualquier cosa que se hubiera escrito de Adolfo Couve sería una mentira, porque el lenguaje tal como lo dijo Julio Espinosa Guerra y otros más no alcanza para dar cuenta de la realidad.






