jueves, diciembre 24, 2009

País zombie


Vivo en el centro de Santiago hace diez años y por estas fechas evito caminar por Ahumada, Huérfanos, Puente, Estado, en fin todas las peatonales. Me gustaría decir que es porque me enfada que la gente, cargada de paquetes, choque conmigo y, sin perturbarse, siga su camino. Pero no es por eso, sino por las conversaciones, algunas impresiones y otros recuerdos que me incomodan cuando el sol, tenaz en esta época, pega en la cara. Hace unos días, enfilaba por calle San Pablo y un par de mujeres adultas salía de una tienda muy molesta. Una de ellas dijo: “Estas huevonas no saben atender”. Y la otra como tranquilizándola advirtió: “Lo que pasa es que muchas de estas personas no valoran su trabajo y por eso atienden mal”.
La gente que deambula por el centro en estas fechas quiere comprar, eso ya lo sabemos. No es que efectivamente vaya a entrar a una tienda y listo, compre; no, la gente mira, cotiza, saca la mercadería de una parte y la deja en otra, mancha con helado ropa en exhibición que luego descontarán a los dependientes, enseñan la tarjeta RedCompra cuando en el local dice claramente “Sólo efectivo”, sin contar con los típicos pataleos de niños cansados de entrar y salir de cuanta tienda hay en el centro. Y todo esto no sucede unos días antes de Navidad, sino que desde noviembre los santiaguinos se lanzan a las calles para obtener el mejor precio. ¿De qué? A veces de nada, pero ahí tienen el mejor precio y, si un vecino les pregunta dónde encontrar el mejor mote con huesillos a un óptimo precio, éste dirá que en Huérfanos con Estado, “o bueno, al menos ése no te da diarrea”.
A medida que se acerca la fecha la situación empeora: padres desesperados cargan una bicicleta como para Gulliver y se suben a un bus del Transantiago; madres imbéciles intentan hallar el día 24 de diciembre el mejor pan de pascua de la ciudad, “porque la cosa además es que esté fresquito”; candidatos presidenciales ofrecen sus mejores deseos por las radios o por teléfono. En fin, todo se convierte en una vorágine o en el escenario natural de una película de terror. La otra vez conversando con unos conocidos en casa de un amigazo, uno de ellos contó que George A. Romero, al ver cómo la gente de un pueblo golpeaba desesperadamente las puertas de un mall con sus puertas cerradas, se le ocurrió la idea de que el perfecto escenario para una película de terror era precisamente un mall. En otras palabras, el comprador es un zombie en potencia. Si observamos a la gente que merodea en estas fechas por Santiago y tal vez por otras ciudades, nos daremos cuenta de que están muertos y de que cualquiera de ellos podría devorarnos de un vistazo. Así es que mejor seguir de largo o, como yo, no exponerse a esa “película”.
Podríamos decir entonces que existe una directa relación entre consumismo y la posibilidad de convertirnos en zombie. Mientras más consumista, más zombie, ésa es la ecuación. Quizá por eso, de la época infantil, o de la infancia de los que pisamos los cuarenta años, no existen recuerdos de aglomeraciones en las calles. Algunos dirán que cuando uno era niño, la Navidad era la mejor fecha, y puede ser cierto, pero a lo que me refiero es que nunca vi esa “transfiguración”, nunca vi a ese zombie ni en mi madre, ni menos en mi abuelo. Incluso, cuando mi padre iba en la noche a dejar nuestros regalos a la casa de mi abuelo, se veía tranquilo, en paz. Debe ser porque en ese tiempo –finales de los 70– Chile aún no se convertía en un país zombie, con muertos vivos caminando por sus calles, buscando un cerebrito o una tarjetita que digerir.
En cualquier caso, en todo esto hay algo que me inquieta: en el preciso momento en que Chile se convertía en un país zombie, la mayoría de las muertes asociadas a la dictadura ya habían ocurrido. Tal vez eso mismo facilitó que el consumidor mutara en zombie, en mutante. Aunque si pudiésemos interrogar a un personaje de “Valparaíso”, de Joaquín Edwards Bello, éste diría: “Ahora la gente no come para tener coche. He visto a la hija de un padre hipotecado hasta la médula con un vestido de diez mil pesos. En París a esa edad van con chapes y con vestiditos de quince francos”. El “ahora” al que se refiere el personaje de Edwards Bello es finales del SXIX. Y para agregar que Chile cambia lenta pero definitivamente, Roberto Merino cuenta en una crónica que a comienzos de los 60, “el pintor Mario Cisternas era uno de los pocos que se atrevía a andar por la calle con el pelo largo”.
Bueno, pero volvamos a la Navidad y digamos que el consuelo que nos queda es que faltan once meses para que todo vuelva a repetirse y veamos a ese Chile Zombie que tanto me asusta e inquieta. O tal vez no sea necesario esperar tanto, ya que si Piñera es electo Presidente en enero próximo, este país no sólo será zombie, sino también un mall, vale decir la escenografía perfecta para una película de terror, lo que desde ya me para los pelos. Y además sin cabritas.

viernes, diciembre 18, 2009

200 entradas, 10 cambios


Según me indica el escritorio de Blogger, esta es mi entrada número 200 y no deja de sorprenderme esta persistencia y ociosidad, porque mantener un blog relativamente actualizado y que no sea tu diario de vida "Hello Kitty" es propio de los que no tienen nada que hacer. Digamos que empecé este blog hace más de cuatro años más que nada por curiosidad. Un lunes, los días que voy a reunión de pauta en La Nación Domingo, observé cómo actualizaba su blog Miguel Paz. Para mí, en ese momento tener un blog era cosa de brujos; pero la curiosidad pudo más y Miguel me enseñó lo fácil que era crear un blog. Sinceramente no le entendí mucho, así es que cuando volví al depto que compartía con mi chica trotskista le pedí que me ayudara. Al final creamos uno en un cibercafé y luego la insté a que creara uno ella, mujertrotskista.blogspot.com creo que se llamaba.
Desde ese momento han pasado muchas cosas no sólo en mi vida (que a estas alturas muchos revisando este blog podrán enterarse de ella, mezclada eso sí con reflexiones de tono menor y otras, las menos, de alto vuelo), sino de la vida de este país. Hace cuatro años Michelle Bachelet era candidata a la Presidencia. Hace cuatro años mi madre era invitada a conocerla en un acto de campaña, al que también asistirían los senadores Nelson Ávila y Carlos Ominami. Todo esto en Viña del Mar o Valparaíso, el recuerdo difuso se impone a través del tiempo.
Por eso no me hicieron sentido los eslóganes de Sebastián Piñera y MEO centradas en el "cambio"; porque yo ya cambié, mi país ha ido cambiando, y es ineherente que eso ocurra. Si no pasara, viviríamos en el planeta de la marmota. De hecho, tantos han sido los cambios que antes escribía en un PC Olidata, hoy lo hago en un notebook Olidata; antes vivía en Monjitas con Miraflores, hoy en San Antonio con Ismael Valdés Vergara. Algunos dirán que los cambios son mínimos, pero son, y eso es lo que al final cuenta.
Confieso que me gustaría escribir algo inteligente, algo que pudiera quedar en algunas mentes, pero no me atrevo, ya que puede que cambie de opinión en un tiempo más. Aunque me atrevo a decir que varios cambios mínimos no hacen un gran cambio, eso lo tengo claro. Los cambios, en otras palabras, no se suman. Y al revés, un gran cambio no supone necesariamente un sinfín de pequeños, diminutos cambios. Aquí, en este blog, podrán encontrar doscientas entradas, pero no sé si habrá la misma cantidad de cambios, me refiero a escritura y vida. A lo más podrán hallar diez, los que me aventuro a explicitar:
1. Publicación de crónicas. Fue lo primero que hice aquí. La intención era replicar las de La Nación Domingo.
2. Como no tenía sentido republicar algo que se podía encontrar en la web opté por publicar unas columnas que hacía y que muy pocos leían.
3. Para mantener la independencia como escritor me llevó a rechazar contratos en el diario y me hizo ganar menos, lo que me llevó a publicar avisos para hacer talleres. ¿Resultado? Fracaso absoluto.
4. Como no tenía una contraparte que leyera rápidamente unos cuentos que estaba haciendo y que algunos se incluirían en "Un imbécil leyendo a Nietzsche", decidí postear unos cuantos. ¿Resultado? Fracaso simple. Mucho "está bueno" o "me gustó" y poco análisis.
5. Videos. Después de años de insistencia conseguí subir videos, lo que para un alma joven como la mía constituyó todo un alivio.
6. Pérdida de un hijo. Bastamente comentada acá.
7. Separación de chica trotskista. Injustamente tratada por el autor, o sea yo.
8. Enfermedad y muerte de mi madre. Nada qué decir. Está escrito.
9. Separación de F. Tal vez lo menos divulgado.
10. Querellas contra escritores y el mundillo literario en general. De eso estoy cansado ya, pero no sé cómo evitarlo.
No incluyo, por razones obvias, el cambio de domicilio o de computador. Tampoco el de otras cuestiones de índole doméstica. Ahora, si alguien quieren hacerme ver los cambios que no he visto o que he pasado por alto, como siempre tienen la libertad de hacerlo.

jueves, diciembre 10, 2009

Juventud, maldito tesoro


A días de una elección presidencial, en la que la juventud ha sido elevada como virtud y razón para gobernar por uno de los candidatos, a saber Marco Enríquez-Ominami (MEO), me permito cuestionar dicho paradigma. En los últimos años he dado algunos talleres de literatura y he estado en contacto con aquellos que desean convertirse en escritores, pero salvo un par de excepciones la respuesta que he hallado en ellos es hambre y sed de fama: hambre por aparecer en los suplementos literarios, sed de reconocimiento de parte de los críticos literarios. Para ello no reparan en nada: se reúnen como una manada de perros salvajes, puesto que saben que dos muerden más carne que uno, y al igual que MEO recurren al insulto en sus sitios de Internet, especialmente aquellos dedicados a la música, el cine y la literatura. Cualquiera de ustedes puede visitar esos sitios y encontrarán una variedad de insultos. Schopenhauer dijo que cuando las razones ya no servían, había que recurrir al insulto; pero éste debía ser un arte y no un mero insulto. Los jóvenes de hoy, bueno los que me ha tocado conocer, sólo insultan, no razonan. De ahí su vinculación con el candidato del pelo largo.
“Es nuestra hora”, “él no sabe nada”, “carece de talento”, “quiero su pega y a su mujer” son los subtítulos que se repiten debajo de aquellos insultos. En verdad yo no tendría problemas en entregar mi pega y a mi mujer; sin embargo, una causa basal me lo impide: ellos, estos jóvenes, no han hecho nada por ganárselo. Tíldenme de anticuado o de anciano, pero soy partidario de que la gente luche por sus cosas, que haga méritos para obtenerlas y no pasárselas en bandeja de plata. Todos estos jóvenes piensan que a los que llegamos a los cuarenta alguien mayor nos dio una oportunidad o nos regaló “algo”. Para ser honestos, en la época en que tenía veintitantos me senté ridículamente a esperar a que “alguien” me llamara para ofrecerme una pega o la publicación de un libro inédito. No obstante, eso nunca ocurrió. Cesante y viviendo de nuevo con mi madre, tuve que… trabajar por lo que quería, ya que el regalo nunca llegó, muy a mi pesar y para la alegría de mi madre que vio cómo me hacía adulto.
Para salir de la esfera de mi experiencia propia, contaré la historia de un amigo que hace clases en una universidad. Luego de varios exámenes, en los que un alumno no demostraba particularidades conocimientos, éste fue a conversar con mi amigo. Serio, sentado en su oficina, el alumno dijo que la única explicación para su bajo rendimiento era la discriminación de la que estaba siendo objeto. Mi amigo, algo sorprendido y molesto, le preguntó a qué se refería, y el joven respondió que era gay y que al parecer mi amigo, su profesor, era homofóbico. “Bien difícil que lo sea, porque a mi hermano también le gusta el pico”, fue lo que replicó mi amigo, y la boca abierta del alumno se transformó en un túnel que nos conduce a otra cosa, mariposa.
Ser joven ha sido sinónimo de ser rebelde o de querer hacer las cosas a “su” manera. Las revoluciones han tenido harto de juventud o de irresponsabilidad. Quizá por eso cuando somos jóvenes queremos cambiar el mundo, pero muy pocos hacen algo sustantivo para llevar a cabo ese cambio. La experiencia de la Unidad Popular fue, desde este punto de vista, bien irresponsable. No hubo cohesión, que es otra cosa de la que carecen los jóvenes. En la juventud existe o habita la diversidad y la cohesión es vista como algo muy cercana a la autoridad, y todos sabemos que ésta es paternidad. Hoy la cohesión social no existe y vivimos más bien en una sociedad atomizada en distintas tribus urbanas, que no quieren lazos o relaciones entre sí. Este es otro rasgo que caracteriza a la juventud de casi todos los tiempos: el egoísmo o la importancia del yo sobre otros yo.
Conversando con el escritor Luis López-Aliaga, quien ha trabajado mucho con jóvenes en diversos talleres que ha ofrecido, dijo que esta juventud, la juventud egoísta, que quiere todo para sí, es mucho más sana que la que vivimos, ya que nosotros tuvimos que ser jóvenes en dictadura, tener cohesión social (de no tenerla, podrían haber matado o torturado al compañero o camarada). Según él, se nos obligó a crecer antes de tiempo. Su visión podría ser la acertada, porque a los veinte años yo trabajaba en Radio Nuevo Mundo y no dejé de trabajar hasta que me vino esa recaída de juventud en 1993, cuando egresaba de la Universidad de Chile.
Pero bueno esto, lo que he dicho, parece sociología de domingo o de sobremesa, por lo que resulta muy cuestionable. Para hacerlo aun más daré un ejemplo contrario, el de un joven francés, que a los dieciocho años se expresaba en los siguientes términos: “El porvenir es lo peor que hay en el presente. Esa pregunta, ¿qué vas a hacer?, arrojada frente a un hombre es un abismo abierto ante él y que se le adelanta siempre a medida que él marcha”. Ese joven se llamaba Gustave Flaubert y al parecer formaba parte de otra juventud, que maduraba tempranamente. Hoy los jóvenes se “reciben” de adultos a los treinta años, algunos a los cuarenta, y eso se está volviendo insoportable. Ojalá que en unos años más la barrera no se corra a los cincuenta. De pronto, en unos diez años más volveré a recaer y seré nuevamente un joven egoísta e irresponsable. Ah, qué bueno sería.

jueves, diciembre 03, 2009

Literatura de putamadre


Como algunos saben, acabo de publicar dos libros en los que existen referencias a mi madre, que hoy, jueves 3 de diciembre, debería haber cumplido setenta y tres años. El de crónicas es el preludio a su muerte y está escrito en un presente que va desde 2006 hasta finales de abril del 2008, y el otro está en pasado y es un duelo literario -cuentístico si quieren- que comencé a escribir a un mes de su fallecimiento.
Con las críticas que han ido saliendo, en vez de reflexionar seriamente sobre el oficio de la literatura, sus alcances o límites, he pensado en mi madre, en qué hubiera dicho al ver el título que le puse al primero de los libros que he comentado, “La puta que me parió”. Sin duda que estaría muy enfadada y me llamaría a retirarlo de librerías, a lo que yo, encogiéndome de hombros, le diría no puedo, firmé un contrato, madre. Mi respuesta, como ven, sería imbécil, término que me remite al segundo libro, “Un imbécil leyendo a Nietzsche”. Con él ella sí que estaría feliz, porque diría aquí hay sufrimiento, mijo, aquí hay pena, eso es lo que siente un hijo frente a la pérdida de una madre. En cualquiera de los casos dialogar con la madre muerta es síntoma de locura, y eso debería inquietarme.
La figura de mi madre vaga por este departamento, que ocupo desde marzo de este año; pero no sólo vaga, tiene un lugar de privilegio en una especie de altar que he construido. “Madre santa, hijo gay”, solía repetir alguien de mi pasado, y cosa curiosa, he vuelto a meditar en esta frase, en si no me estaré volviendo un poquito gay al idealizar a mi madre, al considerarla tan especial, tan bondadosa. Pensándolo mejor, todas las madres se van al cielo, porque son especiales y bondadosas y asfixiantes. Entonces no la idealizo, sólo la recuerdo como cualquier hijo recordaría a su madre.
Mi mente viaja, es una época en que los libros no importan. Estoy en la casa de mis padres, cuando aún estaban juntos, 1976 o antes, no recuerdo bien, y yo corría hacia un estante de libros de derecho civil a tocar uno de esos gruesos ejemplares, pero mi madre me detenía en seco y me decía que no, que esos libros no los podía tocar: “Son de su papá”. Creo que en ese tiempo imaginaba que los libros eran para mirarlos y no para tocarlos, aún menos para leerlos. Mi situación era completamente distinta a la de “Juan Muraña”, el cuento de Borges, en donde el protagonista narra que mira a través de la verja de su jardín lo que pasa afuera, pero termina siempre refugiándose en la biblioteca de libros ingleses de su padre. En mi padre no había ni hay refugio. Sus libros y él eran una utopía.
Mi madre, en cambio, era un refugio a tiempo completo. Recuerdo que solía repetirme el siguiente consejo: “Fíjese bien, mijito”. Tal vez me encontraba torpe o despistado, y mucho más cuando un taxi Impala me atropelló a dos cuadras de la casa. No me quedó otra alternativa que comenzar a fijarme en la calle, en los autos, en los carteles, a descifrar lo que decían los carteles; sin percatarme empecé a leer y a escribir mentalmente la realidad. Cuando iba de visita a alguna casa, preguntaba algo en lo que nadie se había fijado: “¿Por qué el perro tiene una oreja más larga que la otra?” o “¿Por qué el lienzo de Radomiro Tomic es naranjo?”. Sin darse cuenta, mi madre me había enseñado a escribir. Cuando la enterramos en el Cementerio de Playa Ancha comenté esto, porque para escribir hay que capturar, retener escenas de la realidad. No para contarlas tal cual o sí, en verdad todo depende.
Una vez un amigo me preguntó en qué condiciones dejaría de escribir y le respondí que para dejar de escribir, tendría que borrar un pasado o construir un pasado nuevo, borrar mi infancia y a mi madre y todo lo que sucedió entre ambos, y eso es mucho que apretar el delete de tu computador. Eso es una vida, o más bien dos.

jueves, noviembre 26, 2009

La bofetada de Littín y otras infamias


La Feria Internacional del Libro concluyó hace unas semanas y recién hoy puedo repasar con tranquilidad lo que aconteció ahí. En general la feria ha significado muchas cosas para mí menos literatura. Hace diez años, por ejemplo, estuve firmando un libro por primera vez en el stand de RIL Editores. El libro era malo, pero eso no me importaba tanto como las órdenes del encargado del stand en el sentido de que “firmara” –firmar es vender– poniendo la mesa en la pasada, para que así los transeúntes se vieran obligados a contemplar el libro, luego al pobrecito de mí y finalmente comprara el ejemplar para que los dejara seguir. Una especie de peaje, si quieren, que Manuel Antonio Garretón respondió con un “¿me lo regalas? Te conviene”.
Hoy, nuevamente firmé libros en la 29 versión de esta feria y lo hice en el stand de LOM Ediciones. Pero hoy –contemos la anécdota en presente– es el día de apertura al público y también mi primera vez firmando aquí “La puta que me parió”, el libro de crónicas que saqué hace poco. A mi lado me acompaña el profesor, crítico, ensayista Grínor Rojo. Pero al parecer él firma o vende más ejemplares que yo. Además hace frío, pese a ser primavera, y estoy un poquito aburrido, cuando de pronto, de atrás de unas personas que rodeaban a Grínor, aparece Miguel Littín, el director de cine de “El Chacal de Nahueltoro” e “Isla 10”, y comienza a gritar: “¡Di la verdad, no sigái mintiendo!”. Por un segundo imagino que la querella es contra el profesor que tengo a mi lado, pero me equivoco, es contra mí: “No te hagái el huevón. Y deja de esconderte tras ese diario de pacotilla en el que trabajas y di la verdad”. No sé, en este punto pienso que hay alguna cámara escondida o que el director de cine se ha vuelto demente. Bueno, los años afectan la cordura, o eso al menos le sucedió a mi abuelo hace veinticinco años. Pero Littín vocifera y vocifera en mi contra y la gente, intrigada, comienza a rodear mi solitaria mesa: “¿Qué pasaría si dijera que Gonzalo León estaba solo en la mesa en la que estaba firmando libros?”. Como no tengo ganas de polemizar, le contesto: “Miguel, tú eres muy grande para estar peleando con alguien como yo”. Sin embargo, el remedio resulta peor que la enfermedad y Littín, enfurecido, continúa: “Si no fuera gente, te daría una bofetada”.
Obligar a decir la verdad a alguien o tacharlo de mentiroso es lo que el diccionario define como infamia, vale decir “vileza en cualquier línea”. La otra acepción es “maldad”; sin embargo, no creo que en la locura de Littín haya maldad. Fue precisamente el exabrupto de Miguel Littín –porque dejémoslo ahí– el que me recordó otros exabruptos muy parecidos y que a menudo sostiene a través de la prensa otro cineasta, me refiero a Marco Enríquez-Ominami, candidato además a la Presidencia de la República. Cada dos por tres, como decía mi ex novia, tacha a Piñera o a Frei de mentirosos y los obliga a decir la verdad, como si la política viviera en un permanente simulacro o farsa. Bueno, él sabrá por qué impreca tanto. Al darme cuenta de esta similitud, pensé en que tal vez estos exabruptos son patrimonio de los directores de cine. Gonzalo Justiniano, sin ir más lejos, también se indignó conmigo por una entrevista en la que supuse haberlo dejado bien.
Curioso que me haya percatado de esto recién ahora y en una feria del libro, cuando por algunos años trabajé de guionista y encargado de prensa en la productora de Justiniano. En todo caso, si lo pensamos bien, en el cine, por ser un arte que integra otras disciplinas, permanentemente se están “robando” historias, estéticas, etcétera. De ahí a lo mejor que la vileza o la infamia de la que hablo no sea algo raro. No obstante, confundir lo profesional con lo personal me parece un abuso. En otras palabras, hay que saber poner los límites entre esos ámbitos. Por ejemplo, si la escena que les relaté estuviera incluida en un cortometraje que hablara sobre un escritor marginal que todos los años se instala a firmar sus libritos en la Feria Internacional del Libro de Santiago no tendría de qué quejarme. Es más, si en ese mismo corto, que también podría ser un mediometraje, apareciera el mismo Miguel Littín diciendo las mismas líneas, lo encontraría genial. También imagino a ese mismo escritor, que podría ser yo mismo en personaje, responder parafraseando a Fogwill, el escritor argentino: “Se necesitan malos poetas, mi amigo / Buenas personas pero poetas / malos y sentados todos los años en esta silla eléctrica”. Pero llevado eso a lo personal constituye una infamia, de la que no queda otra opción que, como dicen coloquialmente, “operarse”.

martes, noviembre 24, 2009

Pepe Cuevas habla sobre Alejandro Rubio

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A punto de editar un nuevo libro, el poeta José Ángel Cuevas habla sobre el poeta argentino que Libros La Calabaza del Diablo editó en su colección Hazla Corta. Hablamos de Alejandro Rubio de nuevo.
Como dato anexo, La Calabaza del Diablo participará en la segunda versión de la Furia del Libro, a realizarse entre el 16 y el 20 de diciembre próximos. Allí estará el nuevo libro de Pepe, una especie de biografía o libro de crónicas, y desde luego el de Rubio y muchos más, como "Paisaje lunar", de Kurt Folch; "Aire quemado", de Gladys González; "Camanchaca", de Diego Zúñiga; "Termitas", de Priscilla Cajales; "Dadá". Todos publicados durante este año, o mejor dicho en estos últimos meses.

jueves, noviembre 19, 2009

Un editor para la risa

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La última semana de la 29 versión de la Feria Internacional del Libro de Santiago La Calabaza del Diablo trajo al poeta argentino Alejandro Rubio para presentar su libro "Diario" por este sello editorial. Rubio, perteneciente a la generación de poetas argentinos de los 90 junto a Martín Gambarotta y Verónica Viola Fisher, estuvo en una mesa en la feria llamada Buenos Aires/Santiago al lado de los poetas Pablo Paredes y Kurt Folch, leyó junto al poeta chileno Pepe Cuevas en la Fundación Maruri 587 y fue deleitado por la rutina de uno de los editores de La Calabaza del Diablo, Nicolás Cornejo. Dicha rutina es obscena, por lo que a los "niños" se les recomienda abstenerse de verla o pedir permiso a sus padres.

PD1: El audio es regular, así es que no golpee su ordenador.
PD2: Las risas no son grabadas.
PD3: La situación fue verídica.
PD4: Los escritores presentes son autores de La Calabaza del Diablo: Diego Zúñiga, Gladys González. El resto somos editores.
PD5: El libro de Alejandro Rubio estará pronto en algunas librerías. Pero si quiere tenerlo ya, llame al 5566009 y contáctese con Marcelo Montecinos.

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